Cataluña: votar o votar. He ahí la cuestión

La gente sabe que las gentes de Cataluña parecen haber optado hace tiempo, por lo que se nos cuenta, mayoritariamente, por emprender un proceso de secesión del Estado en el que está desde 1714 y bien que lo recordó la manifestación por la victoria del sí a la independencia, el otro día en la celebración de esa efemérides: La Diada. La consulta, como es lógico, se presenta desde ambas partes del asunto de manera diferente y como en el caso de Escocia, como un posible debate entre razón y sentimiento, cerebro y visceralidad, pero no parece que esto sea cierto, al menos, no del todo. Desde la coalición nacionalista se planteó al principio el asunto como un elemental derecho democrático: El derecho a votar. Desde las filas constitucionalistas se entendió que el derecho a votar no tenía sentido sin el contenido del voto: Derecho a votar ¿Qué? Claro que pronto se desveló el contenido de la pulsión sufragista: Derecho a votar sobre la Independencia de Cataluña y su constitución como Estado.

Siempre que se plantea una consulta pública, se acude al augur moderno: Las encuestas. Y los sociólogos sentimos el aliento en la nuca, desde la portera que nos pregunta a los medios que nos acosan para que contemos lo que los números ocultan. Hoy es irreal plantarse una cita sufragista sin tener bien estudiados los estados de opinión de la masa electoral y con ellos, poder establecer un plan estratégico de comunicación, con lemas electorales y todo eso, que nos lleve a afianzar o cambiar el signo de lo que los científicos sociales seamos capaces de aventurar. Por eso, el manejo de las encuestas es desde hace mucho un elemento trascendente de la acción política. Los políticos tienen razón en insistirnos, porque en la interpretación de los números hay poco margen, pero en el contenido de lo que se pregunta y la evaluación de la sinceridad del encuestado y sus circunstancias hay un margen mucho más difuso. Sabemos de qué forma cambian las cosas con los acontecimientos, con qué velocidad y profundidad, se cambia la V de victoria por la D de derrota. Que le pregunten al Sr. Aznar aquel famoso 14M.

Y el asunto vuelve a colarse por los entresijos de la razón y los gestos del corazón en Cataluña. Como se ha visto en Escocia, y por el sentimiento socio-subjetivo, al encuestado le resulta más cool nadar a favor de corriente que contra las aguas. La efervescencia de los sentimientos independentistas como se ha comprobado, es irrefrenable. Arrolladora. De ahí que CIU, partido que fue aliado del PSOE y del PP en el Congreso de los Diputados con el fin de facilitar la gobernación del país, ahora lo es de Esquerra Republicana de Cataluña para lo contrario. Pero no le afecta, es lo que lleva haciendo toda la vida, siempre en su exclusivo favor, facilitando la gobernabilidad mientras tuvo margen y cuando ya no lo consideró suficiente, empantanando la acción política. Todo ello sin hablar de Pujol, ni del Palau, ni…

El asunto es votar. Pero no de cualquier manera. Porque si no consiguen sacar las urnas a la calle el 9N, les quedaría la convocatoria de unas elecciones adelantadas, plebiscitarias a las que deberían acudir con un programa de acción política independentista. Pero nadie quiere eso. Oriol Junqueras ha declarado textualmente: “Nuestro partido hará todo lo posible para que no haya elecciones, no tenemos ninguna urgencia” O sea: Que no quiere que los catalanes voten. Un marciano, pensaría que se han vuelto locos, pero no. Están muy cuerdos. Lo que sucede es que leen las encuestas de opinión y estas no les otorgan las mayorías precisas. Otra vez la calculadora. Volvemos a lo de antes. Votar, si, pero depende. Lo que me temo es que como no están habituados a aceptar responsabilidades y su chaqueterismo es legendario, nos vuelvan a echar la culpa a los sociólogos y nos manden quemar. Ya se ha visto. Lo hizo Aznar y Mas es muy amigo suyo. Bueno, de cualquiera.

El hombre calcula las razones del corazón pero no sabe sumar. Septiembre