¿Un Estado limosnero?

La gente sabe que hay cosas que no se traga nadie. Cosas que se venden como seguras y de las que hay que desconfiar. La desconfianza es uno de los mecanismos de la intuición más rigurosos y certeros. Quizá porque se asienta en la experiencia emocional y esta si que es un sistema de regularidad fiable en la vida humana. Si no sabemos lo que pasa cuando sentimos, mal vamos.

La gente atiende las cosas que le cuentan y en función de la fiabilidad de la fuente, le da más o menos credibilidad, como es lógico, aunque también nos encontraremos con fuentes cuya credibilidad está en entredicho o al contrario, reafirmada, sin mayores datos en un sentido u otro. Simplemente, la gente le otorga más credibilidad o no, así de simple. Desde que los medios de comunicación global se asentaron, especialmente la televisión, han gozado de enorme credibilidad en la gente común, quizá porque repite el mecanismo antiguo de reafirmación ocular. La gente ve las cosas en la televisión y asocia ese mecanismo a aquel que usa en su realidad cotidiana, lo que ven sus ojos, lo puede confirmar, y el hecho que este mirándolo en un espejo audiovisual mediatizado, aún no es suficiente para desmentirlo per se.

La gente ve en la televisión desde hace tiempo la expansión del llamado EI Estado Islámico, esa horda de intolerancia y medievalismo que se expande por Irak y Siria de tal forma que ha logrado borrar la frontera entre esos dos países. Cuesta creer que un ejército de milicianos, voluntarios en la determinación, sin preparación militar y con una preparación general muy precaria sea capaz de dominar de la manera que lo está haciendo un territorio tan extenso. Una cosa son las acciones puntuales y otra, la ocupación territorial.

No hace mucho, apenas unos días, se volvía a celebrar la liberación de París de las tropas nazis y de nuevo volvía a verse en cabeza de las tropas liberadoras, antecediendo al General De Gaulle, el vehículo blindado bautizado “Madrid” con la bandera tricolor de la República Española, al frente de “La nueve”, la columna formada por republicanos españoles que escogió De Gaulle para su guardia personal y a la que brindó el honor de encabezar la entrada de las tropas liberadoras. No era tonto el general y pronto supo que la ayuda de los refugiados republicanos españoles era vital para la batalla. Eran los únicos que tenían entrenamiento de guerra. 50.000 participaron en la liberación de Francia y 38.000 murieron.

Pues bien, resulta que los milicianos del EI, taxistas de Melilla o informáticos de Londres se convierten de la noche a la mañana en experimentados soldados pertrechados extraordinariamente por las limosnas de los buenos musulmanes en las mezquitas. Puede que de las gentes más pobres del mundo, que por mucho que den, me parece que el cepillo estará más bien flaco, viendo sobre todo los precios de los misiles en el mercado negro. ¿Quién va a creerse ese cuento?

La guerra, lo dicen los que lo saben, es carísima. Si no que se lo pregunten a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Y las limosnas de las gentes pobres son igualmente pobres.

Al EI lo financian los ricos. Así de claro. El tema es averiguar qué ricos son los que aportan su dinero. Bin Laden se dejó la fortuna familiar en el empeño de Al Qaeda, así es que deberemos vigilar a los jeques de los Falcon para ver cual flojea. Ese será uno de los que aflojan la pasta para que los conversos del hachís degüellen a diestro y siniestro. Y olvidemos el cepillo de las mezquitas.

Siempre la sangre en el centro del escándalo humano harto ya de estar harto. Septiembre