La convicción hace la fuerza

La gente sabe que necesita creer. Así de directo y sencillo y así de complejo y lejano. La gente se ha pasado la historia intentando poner paz entre lo que cree y lo que no cree. Las personas, según alcanzan mayor grado de conciencia, suponen la mejor manera de tener seguro que hacer, como hacerlo, cuando, porqué y paraqué. El hombre es un ser perdido entre sí mismo y los demás y una de las tareas más trascendentes de su corta, mas bien, fugaz existencia, es la de saber qué hacer.

Se nos dice que el conocimiento ayuda al comportamiento y no hay duda de ello: Cuanto más sabe uno de algo mejor conoce las actitudes que se deben tener al respecto. Vale, pero en la vida humana no solo tratamos ni mucho menos con conocimientos aplicables, herramientas apropiadas para desarrollar nuestra conducta, sexual, familiar, laboral, o política. Es más: Puede que si echamos la vista atrás, descubramos que esas cosas han tenido un carácter menos venal del que suponemos y que al contrario, nos hemos visto abocados a comportamientos sociales que se derivan de creencias menos objetivas, mas desligadas del saber racional, mas derivadas de aspectos inasibles y muchas veces, escogidas en el límite de la ignorancia, o al menos de lo inapreciable.

La gente ha depositado su fe en aquello que derivado o no del conocimiento racional, ha conseguido aproximarse al sentimiento más íntimo del ser humano y arraigar en él para echar raíces y germinar sin dudas, contundentemente. La fe religiosa, tome el cariz que sea es el mejor ejemplo. Ideas que pueden llevar al sacrificio o el crimen por convencimiento mayor. Puede que las creencias religiosas sean las convicciones más genuinas y que sean la demostración más clara de lo que pensamos. Por eso, cuando nos encontramos con otras ideas que chocan con nuestras convicciones, no nos preguntamos cómo adaptarlas sino como rebatirlas. Simplemente están tan dentro de nosotros mismos que no contemplamos otra distinta.

Vivimos una época donde el racionalismo parece haberse quedado estancado, y en la que el caudal de comunicación que profusamente producimos entre nosotros, está muy huérfano de debates sustanciales. Vivimos la era del ocio, del placer, de la felicidad y las convicciones encuentran mal acomodo. Hasta que son sustituidas por las que pueden proliferar precisamente por esa carencia. Los debates trascendentales descienden al mundo de la forma, de manera que no importa tanto la idea sino como está hecha. La factura es una de las normas fundamentales de la modernidad. Por eso, las grandes convicciones históricas se acomodan y reinventan. El ejemplo universal sería la manera en que la Yihad islámica ha transformado la convicción coránica en acción destructora, en dinámica enemiga.

Pero hay más. Las convicciones nacionalistas, por ejemplo, descienden al mismo infierno. Así, la idea de convencerse de ser un pueblo, y además diferente, hacen enemigo a quien no cree en ello y sirven de manera completa, absoluta, para construir los caminos de la independencia política. No es la idea el motor, por fuerza que tenga. Es la convicción. Y la fuerza que desarrolla viene de su propio arraigamiento, independizado de consideraciones de carácter ideológico, cultural, etc. Y desde luego desde el sentimiento del propio convencimiento, la incapacidad para poder vislumbrar cualquier escenario que no contemple la expansión de lo que estamos convencidos. Como con cualquier otra convicción, no hay discusión, ni debate posible, porque no admite lo que no contiene.

La convicción hace la fuerza, como lo ha hecho en la historia. El convencimiento de los pueblos es la condición suficiente que ha llevado al ser humano a dejarse morir o matar. A descubrir o a encubrir. A pensar. O solo a creer.

 

Desde cada sensación descienden futuras causas decididas a ver con el corazón. Agosto