El terror contado

La gente sabe que los generales romanos, cuando iban a emprender una campaña guerrera y antes de elegir a los jefes de centuria, armeros, constructores y esas cosas, hacían un casting para elegir cronista. Sabían mejor que nadie, que de nada valdría haber conquistado tal o cual territorio, haber derrotado a este o aquel ejército y subyugado a aquel pueblo si nadie lo contaba. Si nadie se ocupaba profesionalmente de tomar nota de los detalles y después hilvanarlos en un relato épico y trágico que dejara en buen lugar a su jefe. Una de las constantes era, como no, elogiar todas las capacidades del enemigo, engrandecer sus virtudes y proclamar sus victorias anteriores. De esa forma, su derrota sería consecuencia de la mayor grandeza de su vencedor.

Las noticias de las conquistas, se enviaban a la metrópoli junto con el redactor para que este dispusiera el relato ante el senado, primero, y la masa después, de forma que al regreso del vencedor, sus hazañas habían sido ya dadas a conocer y la plebe, ávida de verle la cara. Dado que los ejércitos no podían desfilar por Roma, aquel cortejo, necesariamente contenido, fundaba su recibimiento en el conocimiento público de su hazaña.

La guerra, cualquier guerra, ha tenido lugar en su propio relato y es solo desde este que somos capaces de recordarlas. Solo con la aparición de la fotografía, se pudo objetivar la imagen de la violencia, lo que vino a incorporar la realidad a la noticia y la exageración se vio desmentida por los objetivos. Desde ese instante, la crónica de guerra empezó a buscar de nuevo argumentación para poder dramatizar la realidad, exacerbar lo sucedido y manejar la realidad de lo acontecido para representar un relato que permitiera superar la cruda y fea cotidianidad.

Está claro que todos los medios de comunicación de masas encontraron en la dramatización de la realidad su filón principal en la búsqueda de lectores, oyentes o televidentes. Desde el relato de cómo a las 21:40 del 15 de febrero de 1898, una explosión había hecho saltar por los aires el USS Maine en el Puerto de la Habana. Y cómo, sin esperar el resultado de una investigación, la prensa sensacionalista de William Randolph Hearst publicaba al día siguiente el siguiente titular: “El barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo“. Eso hizo estallar la guerra hispano norteamericana y la decadencia final de España.

En estos días, asistimos a la escenificación de la decapitación del corresponsal norteamericano Foley. Ahorraremos los detalles que tanta gente ha visto. Nada nuevo bajo el sol. De nuevo, el manejo de la propaganda, esta vez en la red, el medio de los medios, para que el enemigo observe con detenimiento la capacidad de producir terror. Algo, por cierto que desarrollo y teorizó en el siglo XIII Gengis Khan como pone de manifiesto la anónima Historia Secreta de los mongoles. Los acuchillamientos en masa tenían como verdadero fundamento que todos lo vieran, lo que sin duda disminuiría su capacidad de resistencia. La crueldad es un arma de propaganda muy eficaz y cuanta mayor cobertura tenga mejor. Para conseguir aterrorizar a sus enemigos, los mongoles necesitaban matar mucha gente. Se ha escrito que dejaban que se  amontonaran los cadáveres ante las murallas para después subir por ese amontonamiento a galope tendido. Sin embargo, el denominado Ejército Islámico, lo ha conseguido con un solo asesinato, los miles de yazidíes que asesinan a diario no cuentan, ni los cristianos tampoco. Son miles y miles, pero nada ante un solo norteamericano y ellos, lo saben mejor que nadie.

Las fieras ensanguinadas que han llegado de todo el mundo para yacer con el terror se encuentran cómodas ante las cámaras. Todos los asesinos buscan su retrato en la memoria de papel, sin descanso.

Se emborrachan de agua los jardines y llora de sed media humanidad que sueña en verde. Agosto