La vida del artista

La gente sabe que los artistas, esos seres especiales, incalificables muchas veces y siempre fuera de la cotidianidad, esa que impera en la vida de los otros, son, evidentemente seres humanos y como tales, sueñan, comen, sudan, defecan, aman y mueren como cualquier hijo de vecino. Lo sabe, pero no suele tenerlo en cuenta, porque conoce como nadie, que la cotidianidad no tiene ningún glamour. Y no se le ocurre imaginarse al gran Elvis Presley sonándose los mocos o a la maravillosa Billie Holiday tratándose de hongos vaginales. Son cosas de la vida que asume que le pasan a sus héroes como a ella pero que interfieren en su imagen pública y la de su obra. Y eso sucede, mientras las cosas que les pasen a las vidas de los que admira sean esas.

Otro tema es cuando la vida viene a alimentar la leyenda o en algunos casos como en el último triste suceso del final trágico de Robin Williams, viene a cerrarla. Porque para que el artista adquiera los perfiles legendarios, debe realimentar su quehacer con su propia vida. Ya se acordarán de aquello de “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver” frase sacada de un diálogo de la película de Nicholas Ray Knock on any door y que fue puesta de moda en los 70 por los movimientos Punk asociados al consumo incontrolado de estupefacientes. La muerte prematura o suicida (hay muchas formas de suicidio) viene a poner el marchamo definitivo en la leyenda convirtiendo un quehacer en historia.

A veces, sin embargo, no es necesario llegar a esos extremos, pero siempre viene bien impregnar la obra con la leyenda. No es preciso poner ejemplos. Desde Cicerón a Cervantes, y de este a Janis Joplin o Antonio Vega, la presencia de contenidos escabrosos de su vida extraordinaria en su obra, permitió a la gente observar esta de otra manera. La vida en el filo de la navaja es una sensación demasiado fuerte y parece que en todos los casos, oyéramos el redoble del tambor en el circo ante el inminente salto mortal en el trapecio y la voz del director de pista pidiendo: “Silencio, por favor. Peligra la vida del artista” mientras les escuchábamos en concierto, veíamos sus películas o leíamos sus libros. Mientras les duró la vida y al margen del juicio histórico, la obra de los que viven en el otro lado de la tarjeta de la seguridad social, brilló con la incertidumbre y ellos consiguieron brillar como luceros aunque en algunos casos fuera por luchar como titanes por lo contrario, como en el caso de Salinger o Cormac MacArthy. Su lucha por no ser fotografiados, llenó de fotógrafos su jardín.

Pero la vida del artista, solo incide si peligra. Nada se dice de la tranquila y burguesa vida de Karl Marx o Fréderic Engels, dedicados a follarse sirvientas y sentarse a la mesa con la comida puesta. Algunos casos como en el del inmenso Miguel Hernández, hubo de pintarle un pasado bucólico dedicado al pastoreo de cabras para acercar así su vida a su obra, ocultando que todas las cabras eran propiedad de su padre. Tratante importante de ese ganado.

No. La vida burguesa, apacible y hogareña, no es “artística” aunque fue el objetivo de tantos como Velázquez o El Greco, como Mozart o Wagner, como García Márquez o Berlanga. Lo que sucede es que nos cuesta imaginar a un héroe en pantuflas. Se acaban de descubrir unos documentos que abundan en desmontar la supuesta vida de penurias de Miguel de Cervantes, inventor de la novela moderna. Pasó toda su vida como provecto funcionario público, recaudando impuestos y comprando trigo y cebada para la armada real. Y eso no le impidió imaginar lo que ningún sueño goyesco lleno de monstruos se hubiera atrevido a plasmar en un papel. La gente une vida y obra porque cree que los artistas se basan en ellos mismos. Craso error. Los artistas imaginamos lo que no somos porque de otra manera toda obra serían cuatro frases sin importancia.

Se apaga y se enciende un motor de chicharras como si hubiera una presencia intimidante y abrupta. Agosto