El infinito

La gente sabe que es mejor fijarse en el paso siguiente, en ese partido a partido que ha puesto de moda, con justicia, el Atleti de Madrid y su entrenador Diego Simeone, que andar por ahí echando la vista al frente, como si el horizonte fuera alcanzable y finito. Como si todo lo que se ve, se va a seguir viendo si seguimos adelante. Es lógico. La gente ha nacido en un espacio finito, la Tierra y aunque tardó unos cuantos miles de años en recorrerla, ya sabe que es redonda, o casi, que mide lo que mide y que pesa lo que pesa. Eso ayuda al ser humano a explotar su insatisfacción, componiendo cosmogonías de sus anhelos y confundirlos con sus poderes y por ello, desarrollar toda una teoría de lo inalcanzable que le permita verse en ella y deducir por ese medio pelandrusco que está en el corto plazo solo de momento, que en cuanto se de la oportunidad, se largará al cielo infinito, donde se ve mas acorde con el entorno.

Siendo verdad que cada uno de los que hemos sido, nos hemos dedicado a lo más cercano, aunque solo fuera por cuestiones alimenticias, cada uno de nosotros lleva un Arquímedes dentro en cuanto se nos rasque un poco. Por eso, los humanos, nos hemos dedicado denodadamente a desmentirnos a nosotros mismos sobre  símbolos lo más abstractos posibles que tuvieran la capacidad de encerrar la posibilidad en su esquematismo. Así hemos teorizado sobre las formas de la fe y las posibilidades de desmentirla.

La gente de ahora, esa que aún lucha por parecer algo mas que un leño a la deriva de las veleidades políticas. Esa, aún cree en la acción política, porque si no fuera así, debería suicidarse en masa antes de la llegada del Mesías, por eso sigue acudiendo a votar y sigue respondiendo las encuestas de intención de voto que bien se creen los medios y mejor explotan, en un ejercicio de malabarismo eufemístico para atraer nuestra atención al espejo de sus primeras páginas. Esta gente está anudada a la finitud del día a día y a sus magnitudes relacionadas. Le llaman la atención unos gramos de esto o unos milímetros de aquello, unas milésimas de segundo mas o menos. Pero no deja de mirar de reojo a lo que sabe que le circunda aunque no lo vea, por eso, aun cree en la Ciencia.

La Ciencia, con mayúsculas es lo que nos queda para no desleírnos en cualquier tipo de rezo como agua bendecida. Son los datos científicos los que de pronto nos sacan del ensimismamiento mediático y nos asoman a la vereda del acontecimiento verificado. A la estatura medida y contrastada que nos permite no despistarnos de nuestra ambigüedad y seguir estando disponibles para el discernimiento sincero.

La nave Rosseta se nos anuncia en un pequeño faldón de un periódico de tirada nacional en su página 26, ha llegado a su encuentro con 67P/Churyumov-Gerasimenko que en absoluto es un oligarca ruso dueño de Club de Fútbol, sino un cometa. Los dos están juntos a buen recaudo: 405 millones de kilómetros de la tierra. Y se explica porque la nave en cuestión ha tardado 10 años, 5 meses y 4 días en encontrarse con el cometa, después de dar 5 vueltas alrededor del Sol y haber recorrido 6.400 millones de kilómetros. No me extraña por tanto que se le de tanta importancia al asunto. Las cifras lo avalan. Y a la vez nos desvelan que las magnitudes humanas siguen siendo tan ridículas como extravagantes y que nuestra pequeñez solo se agiganta en nuestra pretenciosidad.

Si todo lo que nos rodea es infinito, no sé de que nos vale lavarnos los dientes.

Mejor nos dejamos de mirar en el espejo no sea que de pronto podamos vernos. Agosto