Derechos y deberes

La gente sabe que hay cosas a las que cuesta acostumbrarse, por mucho que nos lo hayan repetido desde el colegio, que nos lo hayan escrito en un papel colocado en la puerta del cuarto de dormir y por mucho que nos hayamos concienciado de ello, o sea, por mucho que lo sepamos. Hay cosas, efectivamente, a las que el ser humano moderno le cuesta acostumbrarse y las razones son múltiples. Pueden ser además, dispares e incluso contradictorias. Cada cual a lo suyo. Pero, en cada uno de nosotros se encuentra agazapado un desconfiante. Disculpen el lusitanismo, pero me gusta mucho mas el término en portugués que en español, me parece que lo describe de manera mas exacta. En castellano, parece la actitud pasada de alguien: desconfiado, mientras que en portugués indica que se está activo en la sospecha. Pues eso, que en cada uno de nosotros habita un tipo que desconfía de los otros y es que la socialización es una de las terapias individuales mas costosas y represivas. Da igual de quien se trate y de la sociedad civil en la que debe integrarse. Socializarse, le cuesta al individuo, porque teniendo la conciencia de que es junto a los otros cuando se puede ser mas, la tarea de depositar en el otro, la espalda, siempre cuesta.

Las sociedades modernas están basadas en una socialización férrea. Una adscripción al grupo que conlleva la total confianza. Y eso, es difícil. Primero porque cuanto mas desarrollada sea la sociedad en la que debemos depositar parte de nuestras prerrogativas, implica que será una sociedad muy tecnologizada, muy avanzada técnicamente y por ello, paradójicamente muy despersonalizada. Los centros de decisión estarán mas lejos, serán menos accesibles y por ello nuestro acto de fe socializante deberá de ser mas empecinado y ciego. De ahí que en confrontaciones sociales civiles, como la que desde hace tiempo se vive entre la sociedad civil catalana y la sociedad general del Estado, las diferencias estén marcando no solo el calendario, sino la esencia misma de la acción civil. Mientras la sociedad civil catalana tiene sus referencias mas cercanas, física y culturalmente, la que parece imperar en el resto del Estado la tiene mas lejana y desconocida. Es verdad que la cercanía no siempre tiene como resultante mayor control, visto lo visto con el bueno del hoy: Ex Honorable Jordi Pujol, martillo de herejes defraudadores y orgulloso representante del mejor seny, que como buen político, dejó a su mano izquierda ignorar la derecha y sucumbió, al parecer, al orgullo paterno, con escaladas al pico Aneto. Supongo que a dejar la senyera en la cumbre.

Lo que si parece visible desde cualquier punto de vista es que mientras la sociedad civil catalana ha sabido construir un buen catálogo de derechos civiles, la otra, observen que me resisto a llamarla española, no lo tiene tan claro. La sensación es que la moto se vende mejor al conocido que al desconfiado desconocido. Y eso que los catalanes siempre tuvieron fama de desconfiados, aunque por lo que parece, han sido capaces de transferirlo desde su psique a su acción social, volcándola contra el estado que les estafa y oprime.

No seré yo quien ponga límites a la libertad de expresión. Allá por el 77, ante la Ley 46/1977 de Amnistía me reclamaban unos cuantos años de cárcel por acumulación de multas gubernativas, por cantar lo que no debía y en donde no debía, como aquel histórico concierto que di en el Palau de la Música Catalana, a escasos metros de la Comisaría Central de Policía en Vía Layetana, aquel día 2 de marzo de 1974, en el que por la mañana, el Régimen del General Franco había matado a Salvador Puig Antich y no se podía andar por las alcantarillas de Barcelona del tráfico humano que había. Pero canté. Y me castigaron. Ejercí mi derecho, pero era mi deber. Y eso espero que se haga ahora.

 

 

Todas las palabras salen caras mientras no sean de todos. Agosto