La guerra de nunca acabar

La gente sabe que todo lo que sube baja y todo lo que empieza acaba. O así lo cree. La realidad es que hay asuntos humanos que ni lo parecen, ni por asomo se ajustan a la lógica del bípedo listo. La sabiduría popular sabe que muchas cosas se saben como empiezan, pero se desconoce cómo pueden acabar. A veces un chispazo involuntario produce incendios históricos que se le van de las manos al provocador. Desde Nerón en adelante, muchos otros asuntos se empeñan en permanecer en el descontrol.

La historia guerrera de la humanidad es bastante rotunda en este caso. Muchas de las contiendas más terribles, con mayor nivel de destrucción y muerte, fueron provocadas por asuntos nimios y muchos de ellos, además, inventados. Falsos. Me parece que a quien esto lea le sobran ejemplos en la memoria como para que yo me ponga a enumerarlos aquí. Desgraciadamente, en este mundo global, el conocimiento de los motivos, el desarrollo y las cifras de cualquier guerra, en cualquier parte, son del conocimiento general. Antiguamente no era así, se debía esperar a la llegada de los juglares para conocer que había pasado apenas a unos centenares de kilómetros y además, creer la versión única del narrador. Traslademos esto al libro y estaremos en el mismo caso. Hoy. Los medios de comunicación globales nos permiten, no solo ver y oír la guerra y sus efectos, sino contrastar informaciones de manera que podamos hacernos nuestra propia composición de lugar. Bien distinto de la información única que antiguamente daban los vencedores sobre lo acaecido.

Pero todas las guerras acaban alguna vez. Algunas de ellas, como la de Los Balcanes, parecía que pudiera ser eterna, pero al final, se arregló con la atomización nacional y la sucia y secreta limpieza étnica y económica.

Solo una guerra se eterniza sin que parezca posible que acabe. El enfrentamiento entre Israel y Palestina si es que esta última se puede decir que exista verdaderamente, quiero decir que de verdad tenga opción en el asunto, que lo dudo. Ante la pantalla del televisor, a la pregunta ¿Y eso no va a acabar nunca? Uno duda, reflexiona y contesta apesadumbrado que puede que no. Que no acabe nunca. Y uno contesta, porque no le ve salida. Desde 1948 no la hay. Y la vuelta a la situación colonial de Palestina y la circunstancia histórica de la ONU, con los juicios de Núremberg en la cabeza, y contando aún las víctimas del Holocausto, es imposible. No hay marcha atrás. Y uno tiene la impresión que sin esa pirueta histórica, el conflicto se convierte en el contexto, en la normalidad de la vida cotidiana, entre cohetes y bombardeos.

Los enemigos parecen empeñados en destruirse, pero no del todo, no hasta la desaparición. El Estado de Israel porque sería imposible evanescerlo y Hamás porque al Estado de Israel le interesa que siga donde está haciendo lo que hace, porque de esa manera, mantiene una de las viejas constantes históricas para sostener la unidad interna que es la presencia del enemigo exterior. La atomizada composición del Parlamento israelí y como consecuencia, la del Gobierno, solo pueden mantenerse unidas frente a algo. En un hipotético escenario de Paz, los gobiernos actuales judíos serían imposibles de formar, no digo de durar, ni crearse podrían.

Mientras como en todas las guerras las víctimas son los de siempre, los que van a comprar el pan y les pilla el cohete o aquellos que se reúnen para ver por la tele el partido de fútbol. De momento, al parecer más de 600 civiles palestinos y 14 soldados israelíes. Gente. Ya lo habíamos visto, en 2008 y 2009 con 1500 muertos palestinos, y lo volveremos a ver si se termina firmando el cese de hostilidades, en cuatro o cinco años, lo que tardará Hamás en volverse a armar y organizar, y lo supiera el Estado de Israel. Y la angustia de la desesperación nubla la vista de manera que todo parece sangre y muerte y que debajo de ellas, ya no queda nada.

Solo parece sencillo lo ajeno, porque de cerca todo se agiganta. Julio