Alfabetización autonómica

La gente sabe que cuando le preguntan por una cosa y contesta otra, no es que mienta, es que no termina de decir la verdad. Eso pasa porque los niveles en la fe son infinitos. La gente cree que cuando se cree en algo, la fe es absoluta y eterna, pero no es así en absoluto. Las personas creen en algo, algo, a veces poco y otras mucho, y deja de creer un montón de veces, aunque luego vuelva a hacerlo. Pero casi siempre se nota mucho. La actitud ante lo que se cree firmemente es muy diferente del comportamiento dubitativo y falto de implicación con el que nos enfrentamos a aquello en lo que creemos poco. Los sociólogos lo tenemos identificado en los estudios de opinión como respuesta psico-social. O sea: Lo que alguien contesta porque cree que es lo que debe contestar aunque no crea en ello. Y lo mismo que existen técnicas para descubrir por medio de preguntas llave-trampa si la respuesta es sincera o no, si la persona cree verdaderamente lo que dice o no, la mayor parte de las veces, los hechos denuncian claramente esta impostura social.

Eso es lo que le pasa al Estado Español con su sistema autonómico. La estructura del Estado nunca fue un presupuesto de los famosos Padres de la Constitución, sino, mas bien, una consecuencia mas o menos deseable o indeseable. La federalidad estaba fuera del ánimo del político que preconizaba lo que mas tarde se celebró con aquella frase de Transición a la española. Entre las gentes que creíamos en la denostada Ruptura Democrática, si estaba presente de manera nuclear. Pero no fuimos atendidos. Las gentes de este país, después de 39 años de Dictadura no querían saber nada de ese término: Ruptura. Les parecía que se pretendía una vuelta al pistolerismo pre republicano. Mejor dejar que las cosas pasaran de un recipiente a otro, todo lo mas, con distinto nombre. Y claro. Ese trasvase del mismo caldo de una Ley orgánica franquista a la nueva Constitución, trajo las graves deficiencias que padecemos hoy y la proliferación de una hipocresía democrática que campa por todos los ámbitos políticos del país. Y digo: Todos.

Como pasa en el ejemplo sociológico que he puesto antes, hay muchas evidencias de lo que acuso. La fe en esta Constitución Española es mas bien escasa, torticera y pacata. Una de las mas relevantes es el escaso crédito que el autonomismo ha conseguido desde 1978 hasta aquí. No solo está en entredicho entre las fuerzas nacionalistas ni mucho menos, sino también en el denominado nacionalismo español, por decirlo de alguna manera, sea, o haya sido este, de izquierda (sic) o de derecha, pretendidamente progresista o conservador.

En estos años se han desarrollado muchas iniciativas constitucionales en muchos campos pero hay una que ningún gobierno democrático ha querido considerar: La alfabetización autonómica. Quiero decir con ello, el conocimiento y aprendizaje de las lenguas vehiculares del Estado además del castellano: Euskara, Catalán y Gallego y no excluyo ni mucho menos las lenguas próximas, como valenciano y balear y si me apuran, el estudio de las variantes castellanas como el extremeño, andaluz, canario. Ningún alumno de enseñanza secundaria ha estudiado estas lenguas. No las conoce, ni mucho menos las usa, salvo, curiosamente en los territorios autonómicos de las tres primeras donde obviamente se estudia el castellano como lingua franca del Estado. Pero en Burgos no se conocen las riquísimas variedades del andaluz o la música del acento extremeño o el canario y sus variedades. Si el Estado Autonómico hubiera creído verdaderamente en si mismo, hubiera planificado en tantas reformas educativas como ha habido en estos años el conocimiento de las lenguas y cultura autonómicas y sus peculiaridades. Pero no lo hizo y me temo que no lo piensa hacer. Y a lo mejor si lo hubiera hecho, no se verificarían como se hacen, tantas diferencias marcianas como se ven entre españoles. Al menos por ahora.

 

Todas las palabras sonríen a poco que puedan sonar en otros oídos. Julio