La ceremonia

La gente sabe hacer las cosas cuando le hacen falta. No necesita que se le amontonen los signos para ponerse a la tarea de la vida. Desde siempre ha conjurado el tiempo futuro desde la cotidianidad, la tarea de cada día que le ha permitido sobrevivir. Generalmente, el plan de acción diaria le viene impuesta por la necesidad existencial, las gentes activas tiene sus tareas previstas y los esfuerzos y los tiempos precisos para realizarlas previstos y preparados. Las cosas que la gente hace tienen una condición de acto de vida, porque para ello lo hace, saca a los animales, siembra, recoge, caza o pesca, va a la oficina o abre el taller. La conducta humana está basada en sus actos físicos y puede que luego, se refleje en el ánimo y desde el en el espíritu, pero en realidad solo se hace lo necesario. Los actos superfluos se desarrollan en otra dimensión del alma humana a condición que los actos que se precisan para sobrevivir estén cumplidos.

Es cierto que el hombre en tanto que se asoma a su conciencia y se descubre a sí mismo en el entorno animal y se diferencia, se espiritualiza y por ello comienza a trasvasar los hechos cotidianos al universo intangible de lo simbólico. Probablemente por la dificultad de razonar sobre lo incomprensible, el caso es que pronto empieza a depositar en las formas rituales, mágicas y más tarde religiosas los aspectos más evidentes de su existencia. Por eso, porque no comprende, pero intuye, comienza a solemnizar lo cotidiano y se lanza por el camino de lo ritual con la esperanza de conectar con las fuerzas superiores que se dignen revelarle lo que su pobre intelecto y su escasa capacidad enciclopédica no logra discernir.

El rito es la confesión que el hombre hace pública de su incapacidad intelectual por comprender y la representación de su ineficacia y su necesidad. Porque el hombre necesita comprender, no se conforma con lo que no entiende y por ello lo introduce en el espacio espiritual, lo que a su vez demuestra ese afán superador que lo distingue y eleva por encima de sus congéneres, no me extrañaría que ese rasgo diferenciador entre quien se conforma con su vida y quien no lo hace provenga del ADN sapiens sapiens, y no de otra clase de homínido.

Lo curioso es que el hombre, traspasado su desarrollo animal y encaramado a la cima de la predación, dueño de la vida tecnológica y señor de los espacios galácticos, aún dependa de poner en veneración las partes que de su vida desea advertir, dar a conocer (moneo) desde su sentimiento (ker, cor, corazón) y ritualiza el sacrificio de su saber en una ceremonia, desde su condición (caere) al espectáculo (monia/munus).

El hombre monta su espectáculo, su ceremonia, con la expectativa de que esa publicación de su sacrificio le conjure ante los otros y sacralice lo que dispone.

El rey Felipe VI es el último de los esfuerzos humanos de este país por transmitir en un ceremonial el interés de depositar los esfuerzos en las fuerzas espirituales, por mucha campechanería y gestos familiares que lo adornen. La ceremonia de coronación entronca directamente con aquellos esfuerzos humanos por sancionar las leyes civiles en leyes ceremoniales y así ponerlas a salvo de lo terrenal. La ceremonia de coronación, esos sí, ha tenido el buen gusto de dejar la corona sobre el cojín en su catrecillo en el Congreso de los Diputados. Y como hace calor, los báculos y armiño son ya óleos en desuso.

Todas las ceremonias me huelen a lo mismo, a inseguridad. A la ternura que muestra el humano por transitar y mostrar públicamente como cree que lo solemne es mas verdadero por serlo.

No hay hados disponibles de guardia sino ojeras bajo los párpados de los que ven. Junio