El libro

La gente sabe que su vida esta atada a los objetos. Aquellas construcciones materiales de las que se ha servido para dejar de ser un bruto y caminar hacia el desarrollo social y personal. La nota que nos queda de la vida anterior esta en los objetos que encontramos. De los objetos que la gente usa se deduce tal cantidad de conocimiento que no hace falta ser Juan Luís Arsuaga para colegir de ellos la enorme cantidad de vida que desprenden. La tecnología cotidiana, doméstica, nos ha permitido ir desarrollando una vida humana cada vez mas depositada en los objetos. Está claro que la primera intención para su invención y desarrollo o encuentro y adaptación, no es otra que la de responder a una necesidad. De eso saben mucho los pastores mongoles del Gobi, nómadas que apenas llevan menos de lo imprescindible. La gente se ha ido rodeando de objetos materiales que le han facilitado la vida, pero mas tarde, esos mismos objetos han terminado por condicionar su existencia. Por eso establecemos la ligadura precisa entre hombre y cosa.

Los objetos materiales que las sucesivas civilizaciones usaron en su día a día, nos cuentan cosas trascendentales, por eso sabemos que al creador de la Venus de marfil le gustaban entraditas en carnes, que Cleopatra usaba perfume de hombre, que al César de los Césares le gustaba la lamprea o que Isabel La Católica no se limpiaba los dientes correctamente. Los objetos nos delatan. Por eso cuando sentimos la tentación de meter la mano en el bolso de la mujer nos contenemos no sea que encontremos una cachimba, nosotros que no fumamos.

Un viaje de emociones impredecibles es recoger los objetos de los difuntos. Aquella cajita de cartón con las antiguas cartillas de racionamiento, las viejas fotos, las estilográficas o las gafas, nos vuelven a coger de la mano como cuando éramos pequeños y mirábamos siempre hacia arriba.

Muchos objetos han sido capitales para el desarrollo de hombre sin duda alguna, pero de todos ellos, el mas evolucionado, aquel que ha conseguido llevarle mas lejos, es el libro. Hasta que el ser humano lo usó, era un objeto privativo de los que se valían de el como un instrumento de poder mucho mas poderoso que la mejor daga, el mayor veneno o la mas alta traición. Reservado a las élites religiosas y civiles, la gente solo podía mirar las vidrieras de las catedrales y algún estandarte militar. Eso, hasta que llegó Gutenberg y rompió las reglas. Se empezaron a imprimir libros como se hacían botijos y empezó a tener sentido saber leer. Verdadero sentido. Porque no solo se consiguió descifrar el conocimiento, almacenarlo, conservarlo y transmitirlo urbi et orbe, indiscriminadamente, sino que además se obtuvo el verdadero y gran amigo del hombre. Aquel que desde entonces le ha acompañado donde quiera que haya estado. El libro es el mejor amigo del hombre sin duda. Y sigue siéndolo. Es verdad que en el metro la gente lee en tabletas o smartphones que es mas versátil y barato, casi gratis en realidad, pero el gran lujo de mirar un libro, abrirlo, ojearlo, pagarlo y guardarlo hasta el sagrado momento en que nos sentemos a leerlo es un privilegio extraordinario que pocas veces se puede comparar con otro. Es donde el saber se materializa, en esas ristras de signos negros compartidos que nos evocan las imágenes mas coloridas y brillantes. Entre las páginas de un libro están todas las vidas y todos los mundos posibles.

Algunos, tenemos además, el privilegio de poder escribirlos y verlos publicados y cuando el editor nos lo entrega y lo tomamos en las manos por vez primera, la emoción es pura sensualidad, son los cinco sentidos los que se extasían y el sexto el que hace cuentas con ellos. Y uno se siente armado  y respaldado por un ejército de seres que nos acompañaran para siempre a donde quiera que vayamos y que se reparten todas las letras, las líneas, los párrafos y páginas del asombro. No hay como pagar eso.

Los libros huelen a vida pura derramada y vuelta a hilar para que vuelva a ser. Junio