La brecha del pan

La gente sabe lo que necesita, aunque a veces otros se empeñen en saberlo mejor que ella misma, y además, se empeñen en demostrarlo, como si la gente fuera solo eso, una palabra, una entelequia verbal, algo que se dice, se mide, se observa, se analiza y de lo que se habla, pero que no se conoce. La gente sabe que hace mucho, en la prehistoria sociológica, cuando era la fundamentación de un pensamiento emergente en medio de la nada. Cuando no contaba absolutamente para nada (¿les suena?) y su pasado, presente y futuro se mezclaban en el lodo de la inexistencia, como ente natural, dio lugar a un pensamiento diferenciado de origen filosófico que acabó dando el fruto de enormes obras que determinaron y aun determinan el rumbo del mundo. Desde Hegel a Lyotard pasando por Prudhomme o el gran Karl Marx. Por ponernos cursis: Una pléyade de cerebros privilegiados se dispuso a cambiar de objeto y determinar su preocupación intelectual y su discernimiento científico para ocuparse de lo social, eso que hasta entonces, como decíamos antes se debatía como describía Discépolo: “Y allá en lodo, todos aprietaos” entre la nada y la nada al cuadrado.

Lo que hemos definido como el objeto de la ciencia sociológica, el ente social, nos ocupa desde entonces y desde entonces hemos desarrollado los sociólogos un catálogo de comportamientos científicos y protocolos técnicos matemáticos, con el único fin de interpretar el logos social. Ser capaces de asociar los procedimientos inherentes hasta ahora a las ciencias vinculadas a la naturaleza, en la ciencia social. De esta forma, hemos inferido resultados que nos han permitido enunciar una proyectiva social con la ambición de adelantarnos a los pasos de la conducta y anunciar la futura. No nos ha ido demasiado bien y puede que más que por culpa nuestra, se deba, de nuevo a la naturaleza del objeto de estudio. La gente, sigue diciendo lo que le da la gana y calla lo que le apetece. Por eso, no avanzamos más allá del eco de la opinión colectiva.

El asunto es, que en este devenir científico, hemos tomado como vectores del cambio social, algunas magnitudes que nos parecían relevantes, como el consumo, el uso tecnológico, la educación o los niveles de participación ciudadana, etc. Magnitudes que nos han parecido modernas, interpretándolas como signo de la contemporaneidad. Pero he aquí que de pronto, en este universo esterilizado de las aplicaciones estadísticas, se nos cuelan antiguos resabios olvidados que pretendíamos haber dejado en el pasado del estudio de la sociedad moderna, primermundista y evolucionada, y de pronto aparecen datos en la pantalla del ordenador que no tienen que ver con las redes sociales, el roaming, las plataformas o las nuevas posibilidades de los Smart Phones. Aparece, la pobreza y aparece desde su medida más emblemática que es el hambre.

Los comedores sociales se multiplican en el mundo supuestamente desarrollado porque en realidad no dan abasto a dar de comer a quien no comería de otra manera. Las tasas de pobreza y dependencia alimentaria suben y suben como la espuma, pero no lo hacen en el paisaje de la sabana africana, las villas miseria de Buenos Aires o el Tigre de Caracas, que también. No. Lo hacen desde la vuelta de la esquina y de pronto reconocemos en la foto del periódico al conocido que hemos visto con medios y le vemos alargando el brazo para tomar el plato de comida que le ofrecen.

De pronto, a los sociólogos se nos viene encima un cambio de paradigma que nos trae una variable que creímos desaparecida antes de nuestra era. Y nos encontramos que a la teorizada brecha tecnológica, le ha sucedido la desgraciada brecha del pan. ¡Y a ver quién mide esto!

No hay nada más triste que la sonrisa vencida. Mayo