Europa ante su quimera

La gente sabe que el voto es como aquella famosa silla que perdía quien se fue a Sevilla. En cuanto te levantas, si no estás listo, otro se sienta en ella. Es un juego y como todos ellos no es inocente, representa en clave lúdica asuntos de mayor trascendencia.

El domingo ha habido una participación de voto estimable en el país, lo que viene a significar que la gente sabe dos cosas: cuánto le costó obtener el derecho al voto y cuánto puede perder en cuanto este perdiera sentido y quién está dispuesto por medio democrático a llegar al lugar para usurpar esa democracia. Es preciso votar para que nadie pueda sentarse en esa silla desocupada con la excusa de que si nadie se sienta es porque no es necesaria. Un voto una persona, ese binomio imperativo para todos los que sufrimos su falta.

La gente ha ido a votar y con su voto ha vuelto a hablar. Y ha dicho muchas cosas. La primera es que no tiene confianza en los llamados grandes partidos o partidos clásicos. Y no la tiene porque en un mundo globalizado donde la comunicación termina ineludiblemente por producirse, se llega a conocer lo que sucede. Puede que tarde, como muchas veces, cuando el daño ya está hecho y los millones han volado, pero termina por saberse y la gente estima que los partidos políticos predominantes en el estado Español, PSOE y PP tiene demasiados muertos en el armario y lo que es peor: no saben cómo sacarlos de ahí. La partitocracia los ha convertido en órganos cuya finalidad principal es el reparto subsidiario del poder de los ciudadanos. Ya saben que tenemos más de 10.000 aforados, políticos con protección jurídica especial, cifra que contrasta con el Reino Unido o Alemania que no tienen ninguno. En Francia solo el Presidente de la República y los miembros del Gobierno y… ¿Y por qué tantos? Pues porque hay muchas cosas que tapar. Nadie pide protección si nada teme. Pero cualquier político que ande medrando por los vericuetos de los partidos políticos sabe, que en uno u otro momento, tendrá que hacer algo para lo que necesitará la protección de estar aforado. En fin…

Mientras esto sucedía en España, en el resto de Europa acaecía lo que el lobo estaba encargándose de avisar: la extrema derecha xenófoba y autárquica gana en Francia e Inglaterra en un claro mensaje euroescéptico, porque ambas tendencias abominan de la idea. Un gran número de personas en esos países trascendentales para la construcción del sueño europeo han votado en contra de todo su significado y si todas las voces deben oírse, aquellas que no querríamos oír son a las que debemos prestar más atención.

Europa se enfrenta a su quimera, a su sueño proyectado desde los despachos de poder en la creencia que sería una bandera para la gente, que rápidamente encontraría motivos para la concordia y el acercamiento contra siglos y siglos de enfrentamiento y guerras. Pero la realidad impone su ley, que no es otra que la demostración del fracaso por construir un espacio sin banderías que tuviera voz propia ante las grandes potencias sumándose a su nivel. El hecho económico no ha sido suficiente y de nuevo el debate deja los números para volver la cara a las ideas, como si no hubieran pasado los años y de nuevo se descubriera que finalmente las ideas son el patrón oro de la sociedad civil.

La gente ve casi cada día las bancadas del Parlamento Europeo semivacías mientras los resistentes se ocupan de sus móviles a la vez que alguien desde la tribuna explica en su idioma nacional lo que no importa. Y desde luego lo que no parece importar es si funcionan los cascos para escuchar la traducción simultánea: para qué.

Hay días que obedecen a la tragedia que la magia no ha conseguido disimular. Mayo