Un calafate para Europa

La gente sabe que para que todo salga bien, es mejor encargárselo al que tiene el oficio. El que posee el conocimiento y sobre todo el que maneja el proceso, quien sabe como llevar las cosas a buen término, como se dice. Muchas veces, por ahorrar o simplemente por desconocimiento, solemos encargar las a cosas a quien nos dice que sabe como hacerlas y nos fiamos de el sin comprobar su profesionalidad y claro, así nos salen tantas veces.

Esta vieja Europa en la que nos debatimos, de pronto, como por encanto, vemos como se mueve con la inquietud de una jovencita y se sacude el polvo de los tiempos y se agita como una quinceañera. Le salen granos por todos lados y de todos lados le vienen inquietudes. Nuevos desajustes, dudas y propuestas novedosas que le hacen parecer mas un territorio recién llegado a la contemporaneidad mas que la vieja señorita repintada, afable, conservadora y complaciente que parecía. Las sensibilidades nacionalistas se debaten en sentidos opuestos proponiéndose secesiones y anexiones con la misma celeridad y la misma naturalidad, aunque en algunos casos parece que como antaño, sobre muertos y mas muertos, violencia y mas violencia. Todo, con el telón de fondo de las ambiciones de las grandes potencias que como siempre luchan entre ellas por medio de combatientes interpuestos, de forma que mueran los que mueran, los muertos casi nunca son suyos.

Esta Europa del XXI es la resultante de las dos grandes guerras, sobre todo de la que conmemoramos ahora el centenario. La denominada Gran Guerra. El mosaico geográfico europeo, hasta la finalización de esa contienda era un galimatías político, cultural, genético e idiomático, consecuencia de la decrepitud última de los grandes imperios que se fueron dejando los girones de su grandeza en los dos siglos anteriores. Los restos del español, del turco, del ruso, el austro-húngaro, etc. Dejaron el territorio europeo como el puzzle de un esquizofrénico. Cada pieza colocada en el espacio resultante, simplemente porque si.

La guerra del 14 cambió el panorama y a pesar de los buenos deseos, remató en otro galimatías que tan solo atendió, de nuevo, a los intereses de los ganadores y la porción de compromiso que tuvieron que cederse entre ellos mientras la capital del imperio germánico se dividía en sectores, tantos, como vencedores. La Europa resultante es de la que descendemos. Una colección de países algunos de los cuales eran como siguieron siendo y otros que se modelaron al capricho de los mandamases.

Con el hundimiento del imperio soviético, se vio, de nuevo, como lo construido se deconstruía y volvieron a aparecer, países originados en desmembramientos, secesiones y anexiones de nuevo cuño.

No está clara la razón por la cuál vuelven a parecer tensiones nacionalistas en el territorio europeo: Cataluña, Escocia, La Padania, etc. Etc. Tampoco están claros los objetivos y son tan dispares como siempre. Primero aconsejo leer lo poco que está traducido del gran Raimon Llull del árabe y catalán original en que escribió. Aquella Europa del S. XIII no está tan lejos de esta y a lo mejor en esa lectura del mallorquín, padre del catalán literario, se pudiera ver algo de luz y quizá, dado que se le atribuye la invención de la Rosa de los Vientos, se podría, viajando, como el lo hizo, curarse de esa tendencia ombliguista.

Me temo que hará falta, de nuevo, contar con un buen calafate, aquel que dominaba el oficio para desde el despiece de los planos de un barco, aprovechar las planchas de acero con su tiza en la mano de forma que salieran las piezas necesarias, desaprovechando lo menos posible. El asunto es donde esta el menos.

 

No parece capaz el norte de olvidarse del sur ni el este de oponerse al Oeste. Magnetismo puro. Mayo