La fábula de (es) la historia

La gente sabe que de su capacidad de distinguir entre ficción y realidad depende su oportunidad de conocimiento real de los hechos. Lo que sucede es que el consejo es fácil de administrar y enormemente complejo de implementar. La mayoría de las veces, la información que le llega a la gente es fruto de apreciaciones mas o menos fantaseadas cuya única capacidad de acercarse a la realidad de lo acontecido es su verosimilitud. Es decir; entre lo que se narra y lo que en realidad sucedió, el vacío es tan enorme como su impredecible relato. Generalmente, lo que oímos nos llega desde la interpretación de un demiurgo que raramente estuvo allí. Algunos de los libros que leemos puede que sea verdad lo que nos aseguran en cuanto a la visualización directa del intérprete. Recuerdo que cuando cayó en mis manos el libro de Manuel Chaves Nogales “El Maestro Juan Martínez, que estaba allí” caí en la cuenta que de nuevo debía apostar por la verosimilitud del relato ante la veracidad del testimonio. Puede que evidentemente Chaves Nogales entrevistara al bailarín burgalés que hace hablar en su libro y puede que efectivamente, este fuera quien dice en el libro que era  e incluso, puede que aquello que cuenta sea la realidad de lo vívido. De hecho, la fundamentación de escribirlo se basa en ese axioma. Que aceptemos esas premisas y nos creamos lo que nos cuenta. Pero claro, también Miguel de Cervantes nos cuenta que descubrió un manuscrito y nos lo pasa por las buenas. Demasiadas incógnitas.

La historia está escrita por ajenos. Gentes que no estuvieron donde aseguran que lo hicieron y que lo que nos cuentan se lo han asegurado a ellos otras fuentes en sabe Dios que grado de cercanía. El libro de los libros. La Biblia. Y todos los textos que compila, fueron escritos por gentes que lo hicieron varios cientos de años mas tarde de lo que cuentan que pasó. ¿Y quien puede creerse eso? Pues miles de millones de personas. Ni mas ni menos. La narración es tan fantástica que se acerca mas a la realidad creída que a tanta realidad vivida y a la vez tan inverosímil que no merece la pena que la contemos porque nadie se la puede creer.

William Goldman, el gran guionista de Hollywood, cuenta en su extraordinario libro: “Aventuras de un guionista en Hollywood” que un día, volviendo de localizar junto al director Robert Altman y cuando este expresaba su deseo de pasar el fin de semana esquiando en Aspen si supiera que tiempo haría, en ese instante, la música de la radio del coche se interrumpió y la voz de un locutor informó pormenorizadamente del tiempo que haría en ese fin de semana en Aspen. Colorado. Tras una pausa. Según Goldman. El director de “The Player” le miró y le dijo retadoramente: ¡Ahora, si tienes cojones, ponlo en un guión! Es obvio que nadie lo creería.

La sociedad del siglo XXI que se acerca a una librería del Ave o cualquier aeropuerto, tiene ante sus narices historia novelada de todos los tiempos de la antigüedad a su disposición, incluida alguna de los Neandertales o del Homo Antecessor. Novelas que nos cuentan como en el caso de la saga del “Oso Cavernario” una historia verosímil. Fundamentada científicamente. Apoyada en estudios sesudos, y poblada de detalles minuciosos inventados. Pero posibles. Tanto que nos lo creemos a pie juntillas como dicen los cabales. Historias de todos los tiempos basadas en axiomas, que a veces, pueden ser tan asumibles como las intrincadas fórmulas matemáticas que nos aseguran lo que sucedió en la tierra hace 600.000.000 de años. A veces, la ficción supera la formulación y como ella, nos plantea un escenario tan probabilístico como el de los números. Al fin y al cabo: Todos son signos.

 

Todas las estrellas se mesan los cabellos frente a un espejo de integrales triples y las relatan. Mayo