Cenizas y miserias

La gente sabe, sin que tuviera que haberlo dicho el Cervantes del siglo XX, cuánto cuesta morirse. También lo saben los médicos del Samur que de vez en cuando se encuentran algunos despojos esparcidos en medio de una carretera y antes que se den cuenta les están pidiendo la hora. Morirse es fácil solo cuando a la parca se le sale la cadena y monta un guirigay de aquellos de la edad media tardía que se llevaba por delante media población europea, pongamos por ejemplo. A nivel personal sin embargo, y según a quien, le cuesta morirse. Mi madre a los 96, cada vez que iba a verla y le preguntaba como estaba, alzaba los ojos al cielo y murmuraba con aquella socarronería que nunca le abandonó: “Aquel que es un pesao” en clara referencia a un Dios en el que siempre le costó creer. Y que no acababa de llevársela según ella.

La gente lo sabe tan bien que por eso, desde lo mas remoto del hombre, inventó ritos funerarios, salmodias y espacios precisos para celebrar el tránsito. Solo cuando empezó a haber mucha gente muriéndose ya en los siglos mas próximos hubo que prohibir los enterramientos en la Iglesia y se crearon cementerios extramuros, aunque uno sigue pensando que mas por cuestiones cristianas debió de ser por el olor.

Tenemos conciencia de herencia funeraria desde hace muchísimos miles de años y gracias a ellas, por cierto, se estudian mejor los comportamientos de aquellos antiguos. Según hubo de tener su vida el difunto, así se le correspondía. Ya saben que quizá el paroxismo es la cultura egipcia. La cultura funeraria por excelencia.

Estos días asistimos a un momento histórico sin parangón porque  acaba de morir Gabriel García Márquez. El Cervantes del siglo XX que nos regaló la llave para cambiar de cuajo la cultura, acordándose de las historias que su abuela le contaba y que el nos pasó tal cual, aunque a algunos les cueste creerlo. Poco mas que inventar.

Gabriel García Márquez ha muerto y los fastos de su sepelio se han retransmitido por la tele y se han llenado de palabras las páginas de los periódicos de todo el mundo en la búsqueda desenfrenada de algo novedoso que contar del periodista de Aracataca. Estoy seguro que como siempre pasa, si el pobre Gabriel García Márquez (no soy capaz de referirme a el con el familiar: Gabo) levantara la cabeza,  renegaría de una buena parte de lo que de el se ha dicho o escrito estos días. Estos días en los que le salen los amigos como le salían a él los golondrinos en el clima húmedo de la Barcelona de los sesenta: A puñados. Amigos que desvelan cosas asombrosas ahora que el no puede desdecirles.

Con todo y con ello, hay que decir que toda exageración en el caso de la estela funeraria de García Márquez, a mi juicio, está plenamente justificada. Puede que nada como su libro 100 años de soledad, haya conseguido mayor nivel de cambio en la mirada de la gente de la literatura y de la cultura en general. La innovación fue tan rotunda que la desaparición de su autor del mundo de los vivos tiene derecho a hacer todo el ruido posible. Menos mal que no morirá nunca pues todo artista nunca termina de vivir fuera de su obra ni deja de estar nunca dentro de ella. Los ecos de su nombre acompañan como los rosales en la cabecera de los linios de las viñas, cada renglón de su asombrosa prosa.

Ahora empiezan a repartirse las cenizas y las miserias. Una mitad de urna para México otra mitad para Colombia. La servilleta sucia firmada. La camisa vieja que se dejó en tal lugar, o cualquier otra mísera materialidad con la que la gente quiera quedarse. Como si con ellas se pudieran guardar sus palabras. O mejor: Sus sueños.

Todas las guayabas maduras envían una letanía asombrada por un telégrafo de enaguas blancas entre muslos morenos. Abril