El Griego de Toledo

La gente sabe que esta sección no es una crítica de arte y menos desde que este que firmará al final es Director del Departamento de Arte de la Universidad de Castilla-La Mancha con sede en su afamada Facultad de Bellas Artes en Cuenca, lo que prueba únicamente el carácter diferencial que siempre le ha distinguido a esa Facultad, su relación con lo contemporáneo y su continuo, explícito y meditado flirteo con la heterodoxia. Pero no se ven las cosas de la misma manera desde sitios diferentes. Los tan manidos puntos de vista no son ni mucho menos solo recursos de geometría descriptiva o cualquier otro sistema. Lo cual, como demuestra el genio cretense, son circunstancias y evasivas para comprometerse lo mínimo con la realidad material y permitir que sea la conciencia la que sueñe y luego pinte cuadros o escriba canciones.

En las exposiciones alrededor de El Griego de Toledo quedan claras tantas cosas reveladoras que se me arraciman las palabras. Queda claro que Domenikos Theotokopoulos, desde que llegó a Toledo el 2 de junio de 1577 desde Italia, hasta su muerte, siguió firmando en caracteres griegos los cuadros que firmaba pues ya se sabe que en muchos de ellos no estampaba su sello y también se sabe que tras el fracasado intento de ser contratado por el rey Felipe II, para lo que pintó uno de sus cuadros más enigmáticos y enrevesados, el Misterio de San Mauricio en 1583, se quedó a vivir en aquella ciudad abandonada por la realeza, la aristocracia y las élites para fundirse en sus calles como ningún otro pintor grande de la historia lo hizo nunca con una ciudad. El Greco es Toledo y viceversa. Nadie como él a partir de esa circunstancia y a pesar de apenas salirse de la pintura religiosa, logró plasmar de manera más clara la atmósfera que se iba formando alrededor de su casco urbano. Una atmósfera oscura, desengañada, arrepentida, abandonada y abrazada a la multitud de conventos y órdenes religiosas que se quedaron ocupando los palacios y monasterios. El, que vivió de ellos y a los que desafió con su relación de amancebamiento con Jerónima de las Cuevas con la que tuvo un hijo que bautizó de milagro. El, que siguió manteniendo su fe ortodoxa a pesar de ser el pintor del Cabildo Catredalicio.

Dicen los que saben que nunca se ha visto mas obra y mejor expuesta que esta de El Griego de Toledo y seguro que es cierto. El viaje por el museo de Santa Cruz que en sí mismo es un viaje a lo extraordinario e irrepetible, la excepcional capilla de San José, privada, que se ha abierto para la exposición y que volverá a cerrarse para los ojos del vulgo, Tavera y otros espacios, es un viaje a la multitud de paradojas que convergieron en la vida y la obra de El Greco.

Dos obras sobresalen para mí de esta panorámica de la hartura como la definiría al poseer la sensación de la mala gana pictórica en la repetición del catálogo de santos, apóstoles, vírgenes Marías y cardenales y canónigos del cual fue tirando el pintor toda su vida, compitiendo con sus encargos entre costo pactado y valor tasado.

El Espolio. Recién restaurado es un cuadro de tamaña potencia y rebeldía que uno no concibe como después de pagarle, no le mandaron al Tribunal de la Santa Inquisición por tentador irreverente. La túnica roja de Jesucristo espoliado por la multitud que prácticamente la arrolla es como una bofetada al rostro severo de la iglesia de ese tiempo.

El otro cuadro es el San José, precisamente. Un cuadro lleno de ternura entre el carpintero y su hijo de pocos años que se aferra a su túnica buscando refugio. El mayor homenaje al padre carnal de Dios al que la iglesia ha tenido tan poco aprecio, que su presencia fue borrada de varios cuadros del propio griego.

El Griego de Toledo nos descompone más que a sus propios cuadros dejándonos llegar hasta la médula de su paradoja. Y señala el camino.

Los colores riman como los versos. Cuando dejan de mirarse a sí mismos y nos miran. Abril