A burro muerto la cebada al rabo

La gente sabe muy bien que empezar una necrológica con un refrán irreverente es una manera como otra de soltar tensión, partir de un sentimiento expresado y acudir a la filosofía tozuda que la gente de a pie escribe a diario. Aquella gente del tardo franquismo que votó a aun tipo de Ávila de aspecto frágil y remilgado para que pudiera destruir el edificio que le había terminado por encumbrar. Pero ahora se ha visto de qué manera se le arrima la espuerta de cebada al rabo del burro muerto como si aún pensaran que se podría seguir alimentando por ahí. Demasiado tarde. Adolfo Suárez, conociéndole lo poco que le conocí aunque conocía a muchos como él, no le hubiera prestado la mas mínima consideración a estos fastos mortuorios que se le han tributado por tanta gente que le odió, le ninguneó, le despreció y sobre todo le traicionó. No. Conozco a los que he visto de traje y corbata negros y no se les cae la cara de vergüenza, porque jamás la tuvieron. A Adolfo Suárez le hubiera incomodado verlos allí como si fueran de verdad. Pero tampoco, ninguno, lo fue.

Adolfo Suárez, ese hombre liviano, de formación justa y apoyos coyunturales, era en realidad un visionario tan severo que fue el primero en dejar de creer en sí mismo. El primero que relativizó sus problemas de conciencia para quitarse de en medio no por el fuego cruzado y amigo, sino por esa vocación suya de llegar a donde se pueda y después apartarse. Un comedor de tortilla francesa conoce la liviandad de las cosas.

Adolfo Suárez era falangista y por ello un iluso. Un hombre pegado a una teoría perdida por la historia que el interés espurio del General Franco había mantenido con vida como cortina de humo, no para ocultar intereses sino su misma oronda figurilla con kepis. El falangismo acunó al castellano recio al margen de los alardes fascistoides y los gestos grandilocuentes. O quizá por eso. Suárez descendió desde la camisa azul que tú bordaste en rojo ayer al plato de la tortilla, probablemente de duralex, pues las cosas se las ventilaba con tranquilidad entre una cajetilla de habanos y un café con leche. Uno.

Adolfo Suárez era de esos tipos que te miran a la cara y parece que te han mirado siempre, de aquellos que dan la mano con firmeza y parece que de verdad se alegran cuando te dicen que lo hacen. Por eso cuando oímos a Mas perpetuar la leyenda del catalán pedigüeño aprovechando su funeral para arrimar el ascua a su sardina, nos percatamos de cuánto se ha deteriorado el material político en este país. Me imagino a Mas discutiendo con Arias Navarro sobre la legalización del Partido Comunista con Milans del Bosch al otro lado de la puerta y me descojono de risa. ¡Qué pena!

Suárez se dio cuenta con rapidez de qué forma a España le apretaban la faja y el sujetador y supo que si no le ayudaba a quitárselas, le estallaría a él o a cualquiera en la cara. Este era un país urgente y con urgencias que no admitía ya ambages de ningún tipo, por eso se atrevió a quitarse la camisa azul. Porque era un valiente. Un tipo con el coraje suficiente que no necesitaba de menús sofisticados. El cambio le explotaba en las manos y no se entretuvo en contarse los dedos.

Suárez ha muerto y todos sus traidores se enfundaron el luto para escenificar una macabra y detestable escena de vodevil mal compuesto y peor interpretado. Una ruina de representación que ha debido de sumir en la vergüenza ajena a alguno más que a mí. Me quedo con su valentía. Un tipo que comía tortilla a la francesa es capaz de todo. Y lo fue.

Los trenes de la historia descarrilan cada vez que un muerto se hace estatua. Marzo