Del ajedrez al fútbol

La gente sabe que las cosas no afectan de la misma amanera a los poderosos que a los desafortunados. Lleva demasiado tiempo viviendo como para no haber tenido algún ejemplo vivificante en la familia o en el círculo de amistades. Lo que para los pobres es un precipicio, es apenas un pequeño salto para los ricos y al final, los que tienen el poder no son sino los que tienen los capitales precisos para comprar lo que sea necesario, desde la lealtad a la fe.

La vida es muy diferente para quienes tienen y para quienes no tienen. En general podríamos decir que la gran diferencia entre ambos grupos grosso modo explicado es que mientras a uno de ellos, las cosas les afectan de verdad y crudamente, sin ambages ni cataplasmas, o sea a los desfavorecidos, a los otros, a los que poseen, las cosas les pueden afectar de una manera mas transversal, menos directa y cruda, mas de oídas, que se decía. Y por eso no se comportan de la misma manera en menesteres similares.

En el deporte por ejemplo. Los llamados deportes rurales, mal llamados a mi juicio, porque lo rural está en la génesis de todos nosotros, son muy ejemplificadores. En la tradición de mis ancestros que ha llegado hasta hoy, nos encontramos con competiciones deportivas de diversas maneras de talar troncos por los célebres aizkolaris, el arrastre de piedras por parejas de bueyes, el levantamiento de piedras o la famosa sokatira, donde dos grupos de hombres tiran cada uno del extremo de una maroma. Todos ellos demuestran quienes eran aquellos que practicaban aquello de manera habitual y terminaban virtualizandolo: baserritarras, hombres de caserío que manejaban bueyes, retiraban rocas o arrastraban las barcas a la playa. Hombres rudos, acostumbrados al esfuerzo diario.

Mientras, los poderosos empleaban sus esfuerzos de manera indirecta pues las cosas terminaban haciéndolas los mismos: los pobres. Ellos se dedicaban no a la guerra, no a hacer la guerra, sino a mandar hacer la guerra, que es otra cosa. Raramente entraban en combate y raramente por decisión propia. Su especialidad era definir e imponer la estrategia. Sobre todo aquella que les permitía sobrevivir a las ambiciones de su propia familia. Por eso mientras aquellos levantaban piedras, estos jugaban al ajedrez. Cada uno se entrenaba en lo que le podría sobrevenir.

En realidad, todos ellos juegos preparatorios para la guerra. Unos haciendo músculo y otros simulando batallas sobre el tablero de cuadros blancos y negros. La guerra estaba presente de ambas maneras.

Los tiempos han cambiado. Tanto que los aizkolaris de hoy son profesionales y solo cortan troncos como entrenamiento, porque en casa seguro que tienen gas ciudad. Pero las cosas de la guerra siguen en el imaginario moderno y como el ajedrez es poco espectacular, las estrategias guerreras se han instalado en la nueva religión: el futbol. Los términos guerreros como ataque, defensa, estrategia, tiro, etc. Están presentes en el relato futbolístico. Los estandartes, las pancartas, los slogans, los grupos de animación. Los cánticos combativos. Los escudos. Los generales y los soldados entran en combate cada jornada de liga y los demás miramos el espectáculo de la disposición de los equipos y el desarrollo del combate como lo hacían los poderosos: Desde las colinas cercanas pero a salvo del fuego. Mientras, en el campo, los combatientes se parten las narices, las piernas, mientras se mientan las respectivas madres y se escupen, se pisan, se empujan o fingen todo ello. O sea, como siempre.

A la vez, las connotaciones guerreras han huido de su juego favorito, el ajedrez, pero es lógico. No es televisivo. Y hoy, la guerra que no se libre en las pantallas no es nada.

Un sueño de peones ante las torres termina a los pies de los caballos. Marzo