El paraíso a la vuelta de la esquina

La gente sabe que este es un valle de lágrimas, bien es cierto que mas para los desfavorecidos a los que se les terminan secando los lagrimales que a los vecinos de las zonas opulentas que sin embargo se emocionan cuando la tele cuenta los muertos lejanos y las cámaras se detienen en el sufrimiento ajeno. Tiene, eso sí, la ventaja de que ni huele, ni duele. Porque los que la conocemos de cerca sabemos de qué manera huele la desgracia. Por eso el ser humano no se ha cansado de buscar su acceso al Paraíso no a aquel perdido tan lejano de las lecturas bíblicas sino a ese que casi olemos.

Recuerdo las tardes de sesiones dobles en el cine Urquijo cuando era adolescente y hoy tengo más claro que nunca que más que buscar la aventura, la hermosa desconocida o la emoción en la pantalla, buscaba el paraíso. Las comedias elegantes de Capra en las que los protagonistas no se quitaban prácticamente el Frack en toda la película o los films negros en B/N donde cualquiera se subía a un coche enorme y descapotable que siempre arrancaba a la primera y salía sedosamente marcha atrás de aquellos impresionantes aparcamientos. Aquellas cocinas americanas en las que todo el mundo desayunaba a la vez, con primero y segundo plato, con leche, cereales, bollos de todo tipo, ¡huevos! Y enormes batidos de fresa ante tortitas con nata y chocolate caliente. ¡Aquello era el Paraíso y no el de las estampas de los libros de religión! Lo malo era salir del cine, de nuevo a la acera, abrigarse con aquellas ropas heredadas de mis hermanos y rezar para que no lloviera en el camino a casa y llegar hecho una sopa y helado. Luego, una sopa de hervido de patata y puede que chicharros fritos o sardinas. Casi siempre lo mismo. Lo mejor era que de nuevo terminaba en el Paraíso soñado una vez acostado en mi litera, arrebujado bajo las pesadas mantas de la Marina que mi hermano traía a hurtadillas del cuartel.

Creo que igual que yo, todos hemos estudiado, nos hemos esforzado y trabajado para conseguir un pedazo de ese Paraíso soñado y recuerdo como si fuera hoy cada uno de esos pedazos conquistados. Cada uno. Lo bueno fue que las condiciones del país fueron acercando las distancias de forma que si no aquel de las comedias americanas, otro Paraíso más pedáneo y cutrecillo, pero posible, se fue haciendo realidad poco a poco.

Las escenas de Ceuta y Melilla de los últimos días me devuelven a aquellos días de deseo desesperado. Los miles de ciudadanos africanos que deambulan por el infausto Gurugú tienen el Paraíso en las narices, las luces de una ciudad con calefacción, cafeterías, chicas guapas y comida en abundancia se ven a pocos metros y entre medias unas vallas de metal con concertinas y unos tipos que disparan, cuando ya apenas queda nada que no se hayan quedado con ello la gendarmería marroquí. Además, cuando las luces se apagan, aún quedan las pantallas de los móviles por las que continúan desfilando como lo hacían cincuenta años atrás por la pantalla del cine Urquijo, los coches descapotables, los televisores de plasma, los coches eléctricos, las vacaciones en la playa, y todos los programas de televisión en los que por bailar te puedes hacer millonario. Debe ser terrible.

Escuché a un maliense que aguarda jugarse la vida por venir a vender CD’s a la puerta del sol que no tenía nada en contra de la Guardia Civil o la Gendarmería marroquí ya que ellos solo “hacían su trabajo”. Pero no se le pueden poner puertas al campo, ni vallas, por altas y dañinas que sean. Son demasiados, con demasiado poco, y el paraíso a la vuelta de la esquina. Tenemos que despertar ante ese problema antes que se harten. Luego, ya no habrá solución.

Se siguen esfumando los deseos como fogatas prendidas por niños traviesos. Marzo