La genética y la guerra

La gente sabe desde siempre, desde antes de saber lo que era, que entre padres e hijos y otros parientes, hay cosas que se transmiten, se mantienen y se heredan. Por eso cuando se dio cuenta organizó la horda en torno al matriarcado como manera de asegurar la descendencia, aunque más pronto que tarde, descubrió que aquellas salidas de cacería durante días, traían como consecuencia tener descendencia que no se le parecía demasiado, y teniendo que atender el celo continuo de la hembra humana y no estacional como en tantos animales, se empeñó en erigirse encima de los demás con el fin de ser el único procreador, en teoría, del campamento. Desde entonces en todas las guerras que el hombre ha causado por infinitas causas, todas ellas añadían a las consecuencias, el apareamiento con las hembras conquistadas con el fin de dejar la herencia genética segura. Por eso las guerras fueron cruentas y salvajes o de sitio y demostración de fuerza y entrega pacífica, pero todas terminaron en la fornicación del conquistador con las conquistadas. De ahí que intentar una rendición por amor se le siga llamando hacer una conquista.

La pelea por la herencia genética ha sido una constante histórica aunque suponemos que viene de atrás. La organización territorial en la antigüedad tenía sentido por la dificultad de recorrer distancias a paso de hombre, pero también por la seguridad de estar entre los tuyos. Eso de los tuyos y los míos que sigue estando vigente. Sin andar demasiado lejos, ese fue el sueño loco de la Alemania de la primera mitad del siglo XX, la fe en su genética y la desconfianza en la de otros pueblos impuros, entre los que no estaba solo el pueblo judío como sabemos.

Hoy parece haber una tendencia a la fragmentación del Estado Nacional que se ha visto de manera preclara en la guerra de los Balcanes y el desmembramiento del Estado yugoslavo, pero también en otras partes del mundo donde las banderías religiosas, tantas veces están disfrazando una confianza genética entre parientes más o menos lejanos.

En los últimos días he leído como una investigación en cuyo equipo científico figura nada más y nada menos que el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Alemania, algo así como el Vaticano en esos menesteres, desvelaba lo sospechado: La traza genética de los conquistadores: Mongoles en Asia y Europa, españoles en América, Macedonios de Alejandro magno en Pakistán, etc. Lo han estudiado a través de 160 generaciones, lo que les ha llevado hasta los 4.500 años de antigüedad. La idea es estudiar el impacto del ADN en el desarrollo de determinadas enfermedades, etc. Pero lo que me parece más interesante todavía es lo que concierne a la conciencia social y a las posturas nacionalistas y xenófobas. La constatación que no podemos presumir de pureza genética porque entre otras cosas compartimos el 98% con nuestro pariente alado más próximo: la mosca del vinagre.

Hay lecciones que por sabidas terminan olvidándose, mientras que creencias que se mantienen sine die terminan en vigencias, y estas sí que no hay quién las mueva. No está mal que las Ciencias vinculadas a la naturaleza, de vez en cuando se den un garbeo, como ahora por las Ciencias Sociales, porque al fin y al cabo todos somos vecinos. Y repartidores de butano no ha habido siempre, pero sí que estuvieron de moda.

Los rasgos son deseos en busca de rostro donde anidar. Febrero