El mundo ya es de los gordos

La gente sabe que es el paso del tiempo que todo lo cura, lo que además cambia todo. Nada consigue permanecer inmutable salvo los sueños que nunca se curan. Lo demás cambia inexorablemente porque todo es esclavo de su tiempo y más que nada, desde luego, el hombre. Es cierto que su presencia en este mundo en orden temporal es absolutamente insignificante si se compara con la de la tierra, aproximadamente 4.500.000.000 de años y la presencia de la vida propiamente dicha, aproximadamente hace 3.500.000.000 de años. Menos que un suspiro. Aunque como el hombre piensa, es capaz de procurarse una analepsis intelectual que le permite adelantarse a sí mismo en mucho tiempo, consiguiendo así una imagen probabilística de su futuro en el planeta, que por cierto cada vez les parece a los científicos más oscuro.

Más costoso le parece el hombre la prolepsis intelectual, la mirada atrás, donde balbucea como bicho viviente y de donde apenas logra sacar conclusiones que le hacen de menos, por eso siempre procura dejarse de zarandajas y mirar para delante. Aunque, como ser aprovechado que es, ya comenzó su andadura aprovechándose de los despojos de caza de otros competidores, está siempre dispuesto a no perderse nada con tal de verse bien.

Siendo cierto que en todas las épocas ha habido una preocupación por el mantenimiento de aquella máxima griega de mens sana in corpore sano, proveniente de las Sátiras de Juvenal, nunca como en la civilización helénica hubo mayor preocupación por el mantenimiento del cuerpo y la práctica deportiva, aunque la cita completa es Orandum est ut sit mens sana in corpore sano, o sea, la necesidad de orar para disponer de un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado que es bien distinto de cómo se entiende hoy en día el suelto que usamos.

Quizá en estos tiempos en los que vivimos es donde más se aproxima el culto al cuerpo a aquella idea. La enorme preocupación por mantenerse físicamente bien llega a límites extraordinarios de dietas salvajes y cirugías severas para intentar aparentar menos edad de la que se ha cumplido y alargar de manera artificial la juventud y la madurez sobre ésta y la senectud. El problema es que cada vez se comienza antes y con muy poca edad se empiezan a operar, no ya los defectos físicos, sino los deseos físicos.

De todas las preocupaciones por el estado físico, ninguna iguala a la que se tiene sobre el peso corporal. Las multinacionales farmacéuticas están embarcadas desde hace una eternidad en la investigación sobre la obesidad con tal de encontrar la píldora mágica que nos haga quitarnos esa detestable acumulación de grasa que nos deforma la figura y nos complica la vida diaria. El asunto se pensaba que se remitía a la presencia/ausencia de las grasas blancas/pardas, que, como en el caso del colesterol, son buena y mala, pero parece que como siempre la cosa no es tan sencilla y que puede haber hibridación sebosa que indique que una deriva de la otra, de alguna manera. O sea que se ha visto que quitando la blanca. La mala. No ocupa su lugar la parda. La buena. La que tienen en mayor proporción los flacos.

El caso es que la capacidad de guardar grasa para los malos tiempos fue un factor decisivo en la evolución humana, de forma que los gordos tuvieron más oportunidades de sobrevivir a las carencias que los flaquitos que no tenían de donde sacar, y claro, la inmensa mayoría de la humanidad actual viene de los gorditos que pudieron sobrevivir. Hasta hoy, donde las bendiciones por el mecanismo se tornan en maldiciones. ¡Malditos espejos!

Todos los sueños son deseos prometidos por la soberbia. Febrero