El patriotismo en el diván (o banderas de nuestros padres)

La gente sabe que nada es para siempre. Que las cosas que desarrolla tienen el mismo destino caduco que ella misma. Sabe que por mucho empeño que le ponga, y a pesar de lo cortísima que es la vida humana, vera en el transcurso de la misma como asuntos que parecían haberse quedado anclados en la vida colectiva, de pronto, empiezan a aflojar las amarras y cuando menos lo esperas, se sueltan y se largan a la deriva dispuestas a inmolarse en medio de la nada fuera de los ojos llorosos de los que las desarrollaron.

La gente sabe también los esfuerzos invertidos en el desarrollo de la vida social. Esa vida que precisamente le hace gente. Individuo entre otros, no ser aislado en sí mismo. Sabe que los desarrollos de los conceptos sociales, aún llegando a veces desde las mentes preclaras, de los pensadores, políticos o creadores, todos ellos se han hecho a su costa y en su nombre, aunque no siempre lo primero asegurara lo segundo. Muchas de las veces ha costeado muchas guerras viendo que aunque las ganara, nadie se lo iba a reconocer, ni en nada se iba a aprovechar.

El subtitulo de estas palabras remite a una magnífica película del gran Clint Eastwood sobre la II guerra mundial en el Pacífico. Aquella que dejo en la retina de aquella humanidad más crédula que está la imagen del patriotismo y que más tarde dio en el más famoso grupo escultórico estadounidense después de la estatua de la libertad y la de Lincoln. Aquella imagen esforzada de un grupo de marines poniendo en pie el mástil con la bandera norteamericana en la cumbre de una isla en el océano pacífico de la que nadie había oído hablar y que a mi también se me ha olvidado el nombre. Al margen de anécdotas sobre la veracidad de la instantánea, en sí misma simboliza la entrega total por la patria aunque sea a miles de kilómetros de ella, lo que coloquialmente podríamos definir como sentar patria.

Se me dirá que eran otros tiempos. ¡Y tanto! Seguramente que hoy sí se le preguntará a la mayor parte de la sociedad norteamericana que es una de las más patrióticas del mundo pensaría que en realidad no se les había perdido nada en aquella isla. Pero la patria sigue ahí, presente en la vida de los occidentales más descreídos aunque de otra manera.

Mientras en territorios europeos, cultos, desarrollados y se supone que avanzados, se convocan manifestaciones multitudinarias reclamando una patria propia, en otros lugares, la realidad de la sociedad global se sigue imponiendo con la tozudez de la vida. Por ejemplo en Italia, donde los símbolos patrios huelen a gasolina y Grandes Premios, el símbolo patrio por excelencia, la sacrosanta FIAT, deja el país para tener su sede legal en Holanda, su sede fiscal en Reino Unido y para rematar cotizar en la bolsa de Nueva York, con lo que de toda su actividad económica, nada revertirá en el país que la vio nacer. Pero es que el dueño es Chrysler. Nadie sabe donde cotizan Google, Apple, Amazon, etc. O sea que se pasan el patriotismo por el forro.

Por otro lado esos países que lloran al oír el himno patrio, ofrecen la ciudadanía si te compras un pisito en la costa o si inviertes una determinada cantidad de dinero y eso le permitirá circular a quien lo haga y a sus descendientes y sus capitales por toda Europa con toda tranquilidad. O sea, que los países se pasan la nacionalidad por el forro.

Y mientras en otros lados no tan lejanos se fabrica toda una simbología de diseny abanderada. Para mi que se lo tendrían que hacer mirar.

Todos los símbolos terminarán en mercadillos nostálgicos por cuatro perras. Febrero