La sensación y el pensamiento

La gente sabe que toda ella es un dilema y a la vez una convención, que puede resultar una adivinanza o una premonición. Por eso no para de observarse y verse alrededor. Porque no termina de creerse a sí misma ni nada de lo que resulta ser a través suyo. Todo lo que del mundo se le hace inteligible le hace sospechar que no tiene actividad si no es porque se ve y se pretende entender. Nada de lo que ve puede que siga siendo igual si tuviera la posibilidad de salir de sí misma y verlo con otros ojos. En una palabra: duda si el mundo lo es o es solo ella la que lo ve.

El ser humano no tiene con quien compararse. Desde que evolucionó en tantas líneas evolutivas como nubes cría el cielo, su devenir ha estado ligado a la diferencia con los que han terminado por rodearle y a la unicidad por tanto más solitaria si cabe. Se ha sentido solo desde que pudo verse y no poder compararse. Todo ha estado por debajo de él o demasiado por encima. Dioses o potenciales esclavos le han rodeado desde su infancia evolutiva y sin hermanos mayores que sepamos, no ha tenido más remedio que inventarse e inventar todo lo que le rodea. Porque todo ello lo ha tenido que interpretar y así hacerlo distinto. La realidad percibida tiene una naturaleza distinta considerada desde las opciones humanas de la que pudiera ser en sí misma. Quiero decir: No interpretada.

La acción del hombre sigue siendo provocada por lo que siente atemperado por lo que sabe. La partida le provee de percepciones valiosas que no está mediatizadas sino por sus propias capacidades fisiológicas. Y en eso sigue siendo el mismo animal que era. “Esto me huele mal” oímos decir o “Me ha sabido mal la…” lo que sea. De la misma forma que el gran jabalí o la loba en celo, elige la senda por los efluvios, más o menos figurados que detecta en ella. La gente se vuelve de pronto en su camino y da media vuelta para volverse por donde ha venido porque “Le da mala espina” el asunto y la mayoría de las veces no sabría explicar por qué. Porque casi nunca la acción está basada mayoritariamente en el conocimiento comparado: la experiencia, sino en lo que el instinto nos hace sentir.

El tipo que hoy se pelea con su tiempo para lograr trascender, casi como siempre ha sido, se ve distinto, porque hace ya demasiado tiempo que gracias a la escritura logró almacenar, sistematizar y legar el pensamiento. Luego en otro paso más, con la imprenta, logró universalizar y despersonalizar el acto de adquisición del pensamiento del otro y algo más cerca, con el desarrollo de la vida digital ha conseguido el acceso universal al conocimiento completo y la perdurabilidad de su soporte con total seguridad como legado histórico. Por eso, se quiere fiar más de lo sabido que de lo sentido. Pero sigue haciendo valer la ley de la primera impresión de tal forma que aunque los hechos la sigan desmintiendo, sigue aferrado a ella, la mantiene en prevengan para el momento en que pueda pensar que debió fiarse de ella. Es cierto que la desanimalización que la vida civilizada le ha provocado al hombre cómo y por ello a su universo sensorial, le empuja a buscar la imprescindible ayuda de la razón. De que otra manera podría intentar compensar las diferencias que mantiene con sus congéneres salvajes. Los osos polares tienen siete veces el olfato de un sabueso que debe tener como cincuenta más que el hombre. En esta comparación, perdemos en todo, nos ganan por goleada. Ahí no tenemos nada que hacer. Aunque es verdad que hoy, en raras ocasiones el hombre se mide de igual a igual con los otros animales. Si es que alguna vez lo ha pensado, también se le ha olvidado. Otro sinsentido.

Ninguna metamorfosis mayor que la de la sensación a la acción. Enero