El siguiente día del último día (es el primer día)

La gente sabe que toda su vida es un camino desde la nada hasta ella misma. El mismo camino de ida que de vuelta. Ya lleva un montón de milenos pensando y observando y a poco que su interés por contar lo que sabía le haya compensado, ha ido dejando constancia de su observación y las consecuencias de la misma. Se ha visto desde la infancia hasta la vejez y ha podido observar a quien hubiera nacido antes y después que en ese camino todo es inexorable y tan natural como todo lo que le contempla a su alrededor. La vida es tiempo y es un albur tanto nacer, como morir. Todo se reduce a una interpretación temporal.

El concepto temporal es con seguridad una de las primigenias preocupaciones sensoriales e inteligibles del ser humano. Por eso se ha preocupado por comprenderlo y mensurarlo desde siempre. Pero el camino no ha sido fácil. Seguro que en ningún día salvo ayer u hoy es mas pertinente bucear en el concepto histórico del tiempo.

El tiempo se refleja en el espejo de los ciclos vitales, el día-noche, simboliza todos los demás, la siembra (coito) y la cosecha (alumbramiento) animal, o el tránsito vegetal alimenticio. Por eso, los primeros atisbos sensoriales de comprender el tiempo tienen que ver con su devenir.

Los egipcios fueron los primeros que desarrollaron los relojes diurnos o solares y los nocturnos (clepsidras) o de agua. Luego como eran extraordinariamente menesterosos, desarrollaron los de arena que podían medir tramos temporales mas largos como una jornada de trabajo o de navegación. Y los relojes públicos, erigiendo obeliscos. Todo ello sin perder la vista a los Dioses, ni al Nilo, cuya estacionalidad les permitió allá por el 3.000 antes de nuestra era descubrir la línea que separaba la vida de la muerte y saber que estaba en el agua. Ellos dividieron el año en 365 días, doce meses de tres decenas y cinco días mas añadidos (epagómenos) para dedicárselos a los Dioses. Sabios ellos. Luego Platón diría aquello de: “El tiempo es la imagen móvil de lo eterno” para corroborar el maridaje entro lo material y lo intangible.

Aristóteles marcó su concepción del tiempo ligado a la existencia de los cuerpos. El movimiento de su paso por estados anteriores a posteriores, mas preocupado por lo sensorial que por lo inteligible, aunque dudaba si el tiempo era un ser o un no ser. Pero ligado a lo físico.

En Roma medían el tiempo con el fuego de las velas marcadas, como los naipes, mientras, Séneca abogaba por el buen uso de la vida en su tratado De la brevedad de la vida. Y Cicerón en su Tempus fugit, nos avisaba que todo momento es único y así trenzaba el tiempo individual con el colectivo convirtiendo todo ello en un nuevo invento: El tiempo histórico. El tiempo de todos. De ahí nace el sentido del destino y el concepto de Roma.

El cristianismo se apoyó en Aristóteles y su concepto de tiempo como movimiento y por ello con comienzo y fin y desarrolló el creacionismo y el concepto ulterior de cielo e infierno. Después, durante siglos, el tiempo se midió en rezos y las horas se subordinaron a ellos. Hasta que la mecánica clásica con Galileo lo convirtiera en un valor matemático. Universal.

Tuvo que llegar otro judío: Einstein, para demostrarnos que todo es relativo y que los relojes de la planta baja de los rascacielos van mas lentos que los de las plantas superiores, mas alejadas de un campo gravitatorio. Hoy podemos medir nuestras tardecitas en yoctosegundos, la unidad de tiempo equivalente a la cuatrillonésima parte de un segundo. Pero todas las cuentas se resuelven mientras nada termina.

Todo se parece a lo que es porque el disimulo es el primer argumento de la pervivencia. Enero