Porvenir

No lo pienses. Todo está ya pensado. Y no conviene insistir.

Todo ha sido. Pero nada ha pasado. Todo es Porvenir.

La gente sabe que escribí esos versos a la vuelta del siglo XX. En la primera esquina del XXI. Asombrado por seguir dando pábulo a lo que en los años treinta había escrito Enrique Santos Discepolo en su tango Cambalache (Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé. En el quinientos diez y en el dos mil también…). La disyuntiva era clara: O Discepolo era la reencarnación viva deNostradamus o las cosas se empeñan en cambiar mucho menos de los que pensamos. Muchísimo menos de los que creemos y muchisísimo menos de lo que nos gustaría que lo hicieran. Pero vienen a cuento. Lo escrito siempre viene a cuento en algún momento, porque recordar lo sentido es un ejercicio de actualidad. El pasado nos ayuda a vernos en el presente porque nos deja ver de donde venimos y esa perspectiva de marcha atrás, como ejercicio, igual sirve hacia delante.

El año en curso se acaba, porque las calendas del hombre han sido dispuestas alrededor de los solsticios con el único fin de medir la vida y tener algún dato objetivo que nos independice de la interpretación sobre el deterioro dental, la capilosidad craneal o el garbo de la zancada. Este bípedo ignorante siempre busca fundamentarse en su reflejo general, por ello inventó la estadística. El calendario, me cuenta que el próximo jueves será ya el primer día de 2014, por ello toca echar la vista atrás y ver el camino que no se ha de volver a pisar (Machado dixit). Esa es otra: Echar cuentas. No es posible que el ser humano termine algo sin pararse en la cuenta de resultados, como si ver que esta sea positiva pueda hacer de bálsamo de los momentos malos vividos. Pero somos así. Ya que toca pasar página, es bueno saber si le hemos sacado rédito al tiempo transcurrido y si después de todo lo vivido, nos queda algo que guardar para el próximo.

Echar cuentas es cosa compleja porque en la ecuación precisa entran magnitudes tan diversas que difícilmente son sumandos. En parte porque el recuerdo siempre es cicatero con los sucesos que no nos han sido favorables y casi siempre olvida el mal golpe y en parte porque aunque somos un suspiro en la historia de la vida, para el transcurso del humano, doce meses no es demasiado, pero toca y hay que ponerse a ello.

2013 va a ser un año engañoso porque entre los augurios de su infancia y las sensaciones de su decrepitud media un camión de sensaciones dispares. Empezó siendo la boca de un túnel inexplorado pero negro, negro y acaba con un aroma a música celestial futura que nos impele a quitar el polvo de actitudes guardadas en el almario y con serias dudas de tener posibilidad de volverse a ejercer. En este añito, nos hemos olvidado de muchas cosas que como casi siempre sucede, luego, nos hemos percatado que no nos eran tan imprescindibles, ni su ausencia nos iba a desesperar tan gravemente. Al final, la gente va a la mayor y aprende con rapidez y eficacia que las cosas son mucho mas prescindibles de lo que nos cuentan los anuncios de estas fechas y que si no compramos aquella maravillosa oferta del Club de Vinos, terminaremos por ver la sudadera que no compramos en su momento en el mostrador de las rebajas en enero.

La gente nos habituamos a echar la vista atrás porque el recuerdo es mas barato que la proyectiva, pero se nos olvida demasiadas veces, casi cada final de año, que siendo lo que somos por lo que hemos hecho y a veces, mas por lo que hemos dejado de hacer, lo que de verdad importa es lo que nos queda por hacer. Por eso, aunque todo haya pasado, todo es……

Nada aclaran los recuerdos. Solo envanecen el aire y escuecen los lagrimales. Diciembre.