El muerto al hoyo y el vivo al bollo

La gente sabe que los asuntos de la muerte no acaban con la desaparición del finado del mundo de los vivos y que aunque su cuerpo haya vuelto a la tierra, como se dice, la realidad es que a menos o por poco que haya sido o conseguido, algo habrá que arreglar tras su deceso. A los seres humanos nos cuesta ponernos a solucionar según qué cosas mientras que otras parecemos estar encantados de ocuparnos de ellas en cuanto tengamos la oportunidad de hacerlo y cuantas veces sea necesario. Por peregrinas que sean. Conocí al presidente de un banco que en cuanto podía o se le solicitaba, agarraba el delantal y se ponía a fregar los cacharros con auténtica delectación. Pero parece general esa desidia por dejar atado en vida las cuestiones mortuorias y posteriores. Mi madre se pasó pagando su entierro en pequeñas cuotas toda su vida y como esta acabó a los 96 la tomábamos el pelo sobre lo que caro que iba a resultarle. Pero fue una excepción. La gente se resiste a hacer testamento, porque espera a ver cómo siguen las cosas o porque piensa que siempre le quedará el tiempo necesario para ello. El caso es que una gran cantidad de personas mueren sin haber dejado sus voluntades dispuestas y ello les acarrea auténticos problemas a los herederos.

De todos los muertos posibles, sin duda aquellos que han logrado instalarse en la memoria de los demás son los más complicados de gestionar tras su desaparición. En el caso que el finado deje pendientes asuntos materiales, el asunto termina arreglándose con mayor o menor fortuna para unos y para otros pero al fin, lo que se puede repartir, se reparte. El tema más complicado de gestionar es lo que es indivisible y por fuerza es responsabilidad de todos los herederos. Lo hemos visto infinidad de veces en las familias herederas de los grandes creadores. Recuerdo como si fuera hoy la muerte de Pablo Picasso y la guerra ulterior. Me acuerdo de los avatares de los productores de teatro, de discos o de cine en sus generosas y extensas peleas con los herederos de Federico García Lorca y hace unas pocas horas, al parecer, el legado del gran Miguel Hernández cambia de localización y se marcha de los alrededores de Orihuela por un par de millones.

El refrán del título, alude naturalmente a la costumbre socialmente muy desaparecida del pasado, cuando tras el entierro del susodicho, se organizaba una comilona en la que se trasegaba vino hasta que las lágrimas aparecían en la mayoría de los ojos de los ahítos ensalzando al finado. En los alrededores del caserío guipuzcoano en donde me crié, además, se cantaba. En honor del muerto se entonaban las canciones preferidas a voz en grito. Y hasta éste que escribe con poco más de siete u ocho años me acuerdo del entierro de un tío al que sacaron de la cárcel con los pies por delante y tras el entierro, acompañé a mi padre a un bar cercano donde nos pusimos ciegos de pajaritos fritos.

Siempre he recordado aquellos hábitos con dulzura y excitación y me ha parecido que hasta es posible que la memoria sea diferente tras aquellos excesos vitales en honor del muerto.

La pelea anunciada por los herederos de Mandela (al que me niego a llamar Madiba-Abuelo por si se cabrea por mi apropiación familiar) no alude a esa sana costumbre ancestral de emborracharse en torno al féretro sino a la codicia por quedarse con un patrimonio inmaterial que no puede repartirse y que aunque parece evidente que no se dan cuenta, ya no les pertenece a ninguno de ellos por mucho que se peleen por ello.

No hay silencio como el de los cementerios, si acaso el de los traidores. Diciembre