El hombre es nada

Nadie es suspiro o fue aliento
Nadie tifón, nadie huracán
No hay quien ulule y siendo aire se haga viento.
El Hombre es nada. El Hombre es nada (Coro)

La gente sabe que cuando no queda tierra para enterrar es que se ha llegado al final. La gente conoce de primera mano las necesidades propias, sea porque está más cerca de sí misma que nadie o porque es tan vieja y resabiada que en cuanto pone los cuernos al sol logra cavilar con acierto. También sabe, mejor que nadie que es poca cosa. Lleva demasiado tiempo en este valle de lágrimas viendo caer llanto a mares sobre su historia y conoce demasiado bien los vericuetos del famoso valle. Es verdad que se ha pasado media vida mirando al cielo, en principio por temor y más tarde porque espera y sabe que nada de lo que no le llegue desde arriba tiene auténtica importancia capital. Mirar arriba significa que deja de mirar de frente con esa mirada suya de carnívoro predador desde sus frontales ojos, listos para el ataque Y esa distracción puede llevarle al más negro de los fracasos que es dejar de poder saber con anticipación lo que le va a suceder.

Según los etólogos la condición bípeda del homínido solo puede venir desde dos sentidos. Porque necesitaba las manos para hacer cosas (armas) o porque en el mundo de la inmensa sábana, ponerse de pie significaba ver llegar la desgracia y obtener más margen de tiempo para capearla. Puede, incluso, que fueran las dos intenciones juntas las que impelieron a aquellos tipos de menos de un metro de estatura a ponerse de puntillas y mirar alrededor. El caso es que además de tener las manos libres, estamos de pie y eso nos da ventaja.

Hasta que llega la naturaleza y nos pone en nuestro sitio. Nos lleva desde la descalificación absoluta hasta el borde del plato. Listos para ser empujados junto a la lechuga.

El ser humano es el primer descendiente de los dinosaurios. No porque tenga muchos dientes o este gordo y fofo, sino porque sigue insistiendo en su inadaptación al medio. Sigue transformando las cosas a su antojo sin darse cuenta que su incapacidad de supervivencia es la contraria: Adaptarse él al entorno y no al revés, porque es más barato y podría ser más duradero.

Hace mucho tiempo (histórico) que el hombre se percató que se había quedado corto en aquella trascendental transformación de ponerse de pie y supo que necesitaba más que aquello para sobrevivir. No bastaba con subirse de nuevo al árbol. Si acaso para mirar. Por eso su conciencia se percató con rapidez que su existencia iba a ser demasiado corta para dejar huella y muy poco eficaz para instrumentalizarlo. Dejó de fiarse de sus ojos y se puso a inventar ojos que todo lo vieran. Para no ser sorprendido.

Pero la realidad es que en Filipinas no hay tierra para enterrar y las bolsas que sustituían a los féretros también se estaban agotando. De nuevo, el ignorante caminante se ha visto sorprendido por el entorno. Y las cuestiones ahora son dilucidar si las personas que lograron ver lo que asomarse al porvenir, siguen creyendo en la providencia o sería necesario que quien la ha hecho la pague. Porque van tantos montones de muertos que no da tiempo a prácticamente nada.

En la tragedia del Hayan o Yolanda que es algo más castizo y la ulterior liada con las consecuencias, quedan muchas preguntas sin respuestas. No se trata de iniciar una caza de brujas al estilo antiguo sino elevar la voz desde la rebelión ante las estatuas que nos aclare la cabeza y nos deje seguir siendo parecidos a los que éramos. Ni los mil ojos digitales de los servicios amigos norteamericanos han logrado llegar a tiempo. Y los muertos crecen como espigas en campo virgen. Los muertos salen de debajo de la tragedia con la cara manchada de improvisación. La Naturaleza vuelve a sorprender a los constructos tecnológicos de inmenso poder y mayor precio y vuelve a sorprendernos ensimismados en las tareas que no ayudan a sobrevivir. Y uno se da cuenta que al lado de aquellos colosos que soplan los vientos, desatan las mareas o fallan las llanuras, no es nada. Que el hombre, aún es menos que nada cuando se mide con los fenómenos naturales. Y no hay tregua, porque ni las aguas ni las agujas del tiempo se detienen. El hombre es nada.

No hay un solo viaje que pueda mirarse a los ojos y seguir soñando. Noviembre