Nadie tiene visión de Estado

La gente sabe que la vida consiste en debatirse cada día en un magma de cuestiones domésticas, personales y familiares que parecen empeñarse en no dejarnos tiempo para nada más. La gente se levanta cada día con la agenda dispuesta a solucionar las cosas pendientes, expuestas en un planning del bueno, bien calculado, estimados los tiempos, las demoras, los accidentes del tráfico, de la climatología e incluso de lo imprevisto e improbable y casi siempre acaba el día sin haber conseguido resolver la página pendiente de la agenda. Y es normal. La gente se propone y aún sabiendo aquello de que Dios dispone, se apresta a no dejarse ahogar por lo cotidiano aunque la mayor parte de las veces, ni eso logre solucionar.

Pero la gente también sabe que hay cuestiones que trascienden la cotidianidad y que pareciendo no estar tan presentes ni ser tan perentorias, conviene mantenerlas al margen de la vorágine diaria porque se trata de cuestiones mayores, que parecen no darnos de comer, pero que son imprescindibles para ello.

La gente lleva un tiempo largo sumida en una crisis contada que se revela en el sofá de casa y en la cesta de la compra. Sufre las menores cuestiones básicas que conforman el mayor porcentaje de su existencia y mal que bien, va aprendiendo a resolver las que puede y a torear las que le superan. Pero sale, sigue adelante. Mientras, las cosas del país le resbalan desde la tele generalista que cada vez se parece más a un chiste basto de esos que da vergüenza oír con los niños. Las cosas del país, por otra parte, parecen derivarse por modas o quizá por ciclos que cada vez mas parecen depender de otros y menos de nosotros. Por eso, las preocupaciones vienen en oleadas cada vez mas derivadas del concepto de actualidad.

Aunque a veces, se asoman a la cotidianidad los grandes asuntos, los que llamamos asuntos de Estado, por entender que superan esas coyunturas menores o, mejor dicho, que debieran superar esas coyunturas. Estar por encima de ellas. La mayor parte de las veces llegan con nombres y apellidos, porque siempre, como decía mi madre, hay algún idiota dispuesto a sacar pecho.

El ínclito ministro Wert, me recuerda a aquel ministro del mismo ramo franquista que entendiendo que algo debía reformar, se le ocurrió cambiar el año docente para asimilarlo al año natural. Creo recordar que solo duró un curso, pero empezó en enero y terminó en diciembre. Mientras, el caos administrativo, profesional y familiar tuvo que, de nuevo, adaptarse a la locura nueva. Wert de nuevo se queda solo en su deriva demente de promover cambios por sus…¡Ya saben! No importa lo disparatados que puedan ser, da igual, porque hasta hoy, con la honrosa excepción del profesor Luís González Seara, ministro de educación con la UCD y que si sabía de esto, los ministros de educación que lo han sido, se ven en la obligación de cambiar los modelos educativos cada cuatro u ocho años como máximo, siendo como es el tema educativo un asunto de larga maduración, de forma que los ciclos son largos, mucho más que la duración de los gobiernos.

La alternancia política siendo muy saludable en otros aspectos, aquí juega en el equipo contrario pues cada cambio de gobierno pretende desmontar de raíz lo puesto en práctica por el gobierno saliente y eso es porque todos esos ignorantes, que lo fueron, lo han sido y me temo que lo seguirán siendo, creen que la educación es otra más de las responsabilidades de gobierno. Y no lo es. Es una cuestión de Estado. Ningún país serio ha logrado serlo sin un proyecto educativo a largo plazo. Basado en premisas duraderas y conceptos básicos que desarrollen y mejoren la conciencia social desde la infancia. Porque es desde ella que las cuestiones a variar se complican según cumplen años. Cada vez es más difícil reformar las desviaciones éticas, morales y deontológicas de quienes no han sido formados sino en varias de ellas, viendo como cada cierto tiempo las cosas varían.

Este país arrastra enormes lacras de comportamiento social que necesita si o si solucionar de una vez. La corrupción, la informalidad, la piratería, la pillería o el despilfarro, son prácticas imbricadas en la conducta de quienes ya les cuesta cambiar. Por eso necesitamos un pacto de Estado por la educación que asegure que no se cambiarán las cosas fundamentales en, al menos, dos generaciones. Treinta años en los que luchar por un cambio de valores que nos presente ante la modernidad con toda la historia por detrás y todo el futuro por delante. Y Wert, no parece capaz. Ni ningún otro tampoco. Me temo.

Las páginas de los libros sueñan en pasarse como un vuelo infinito. Noviembre