El socialismo nacionalista en el diván

La gente sabe de contradicciones. Ella misma lo es. Se pasa media vida siendo hijo y padre para terminar siendo padre-hijo y teniendo que afrontar similares coyunturas desde posicionamientos distintos. Unos por haberlos abandonado y otros que aún no conoce. Amén de tantas otras cosas. Que el hombre es una contradicción in terminis ya lo anuncia la propia Biblia y no ha dejado de ser aseverado en el trascurso de los siglos de pensamiento social. La gente se ha dedicado a fomentar su imbricación social con el loable empeño de preservar su lado mas íntimo e individualista. Toda una contradicción.

Por eso, estando acostumbrada a marear extremos que se emparentan, apenas le da bolilla a algunas contradicciones que se presentan como lo contrario y que a favor de no tener que negar la mayor, dejan de pasearse por el magín crítico.

La sociedad española de este 2013. Y probablemente diferenciada de la de 2012, así caminan de definitivas las distancias entre tiempos tan próximos, se ha habituado a aceptar trágalas para no terminar de levantar todas las alfombras, en la seguridad que si lo hiciera, la polvareda no le dejaría verse la punta de la nariz. Por eso acepta aparentemente de buen grado que se planteen cuestiones de calado basadas en premisas mas que cuestionables. Las cosas se sienten de manera tan delicada que mejor es no menealla. Y el asunto catalán es uno, si no el que mas define este Laisser faire Laisser passer.

En el tablero de juego político que se plantea en Cataluña y por ende en España, los papeles asumidos por las diferentes fuerzas políticas están destilados desde planteamientos comunicacionales, no históricos. Aunque a pesar de ello, la mayoría de las fuerzas políticas presentes en el ajedrez catalán enmiendan su teoría interpretativa desde planteamientos lógicos. En su mayoría. Salvo el PSC. El Partido de los socialistas catalanes. Que se esfuerza por contener la esquizofrenia desatada en su seno por la contradicción del título. El socialismo catalanista se presenta en toda su embarullada consciencia como la cuadratura del círculo político. Y nadie se lo cree.

El vivero catalán fue desde la transición junto a Andalucía el principal aporte de votantes al PSOE y desde entonces ha pasado a ser hoy una vertiginosa tendencia a la marginalidad democrática por mucho que sus protectores quieran hacer creer. Y todo lo que ha pasado es que en ese sueño de creer que se pueden mezclar las contradicciones, el resultado no es inteligible.

El socialismo per se es internacionalista y está sustentado por una teoría ideológica que le define claramente junto al estamento trabajador-asalariado, antiguo proletariado. Mientras que el nacionalismo como sensación acabada en sentimiento siempre fue lo que sigue siendo: El lugar de la burguesía tradicionalista, confesional y conservadora que ajusta su mira al término de sus intereses sin ninguna veleidad globalizadora ni, desde luego, solidaria. Mientras unos buscan ganar los otros se empeñan en proteger.

Un socialismo nacionalista es una contradicción tan flagrante que hasta la prensa sesuda se empeña en no señalar, probablemente por miedo a meterse en el tremedal de la disputa interna. No parece fácil conjugar esos términos en unas solas siglas. El PSC lleva una deriva tan perversa como suicida y a los datos electorales nos tenemos que remitir.

El socialismo desde Prudhomme hasta hoy es ideología de conquista para los oprimidos. Aquellos que creen que todos los hombres son iguales y que si no la propiedad, al menos los modos de producción deben ser conquistados por el pueblo. Contrariamente, el nacionalismo siempre ha sido el vivero de los que no desean que nada cambie para que nada se mueva en el patio de casa. Donde los que no viven, son y serán, extraños. Es el gabinete de la burguesía inmovilista que pretende mantener los privilegios de casa para que nadie se nos meta dentro. Esta bien. No engañan a nadie. Pero la asunción de la ideología del socialismo conlleva precisamente la lucha contra eso. Fuerzas centrífugas contra intereses centrípetos.

No es extraño que los que se hacen llamar socialistas nacionalistas se recuesten en el diván. Es una contradicción nuclear. Básica. Quizá por ello tantos votantes socialistas en Cataluña y tantos otros en el resto del Estado Español están dispuestos a pagarles el psiquiatra pero no a votarles.

Las sombras parecen humo que colecciona rostros. Octubre