La prescripción de los delitos como el último refugio de los canallas

La gente sabe como titular, dar título a las cosas que inventa, escribe o deja para los demás. Titular, dicen, es una de las cosas más difíciles en el periodismo, así lo aseguraban entonces cuando estudié la carrera en la vieja Escuela de Periodismo donde los grandes maestros del periodismo escrito dejaban caer por ambas comisuras los secretos de la profesión mientras apuraban las colillas de los cigarrillos que aún fumaban en clase, entre tos y tos. Solo les faltaba el vaso largo de whisky que más tarde agarraban en la cafetería de la Escuela. En aquellas sesiones que más bien se parecían a una liturgia que a una clase magistral te daban las claves de lo que había que hacer. Claves resultantes de horas y horas y días y días ante la posibilidad de la noticia masticando los datos conocidos y elucubrando sobre los por conocer. Escuché en aquellas aulas a los más grandes. Bien porque eran profesores o bien porque a la llamada de estos acudían para escenificar ante los noveles la vieja comedia del periodismo de calle. Aquellos que en su mayoría se habían construido desde la redacción de esquelas mortuorias en adelante y que habían chupado calle por un tubo antes de oír el bendito estruendo de la linotipia. Entre las máximas que se daban era que lo más importante de una pieza periodística era el título porque cuando este es grande no solo allana el camino de la lectura del cuerpo del artículo sino que en ocasiones, decía un viejo zorro del extinto YA con la voz rota, lo expresaba con tal contundencia que “ahorra al lector la lectura del artículo”. Con el título era suficiente.

La frase que titula estas palabras está entresacada de un artículo de uno de los grandes, grandes, que se asoman aún a las páginas de papel: Miguel Ángel Aguilar. Y seguro que muchos lectores de este periódico digital, tras leer el título, no necesitarán mayor ampliación al concepto.

La gente de este país se ha habituado a leer sin mayor sonrojo que se hayan tardado 50 años en juzgar los daños que causó la talidomida, por ejemplo. Ni más ni menos que 50 años, aunque está más acostumbrada a leer como un delincuente sale en libertad sin ser juzgado por la dilación de la instrucción de su proceso y no digamos quien esté dispuesto a seguir con detalle los vericuetos de casos como el Malaya, en el que los acusados salen y entran en prisión, son acusados y liberados tras la prescripción de los delitos en tal manera que sin ser malintencionado, parece que se hiciera aposta.

La gente siempre se pierde ante la Justicia. Hay que ponerse en manos de los que la conocen y aceptar que sean ellos los que guíen nuestros pasos. En otras acciones humanas el tipo de la calle tiene mayor nivel de interacción pero en los procesos judiciales se ve vendido. No parece que sea posible un mayor acercamiento de las claves judiciales a la ciudadanía, un mayor espacio de entendimiento. Se me dirá que no es posible husmear en ellas sin conocer la jerga, el lenguaje y el ordenamiento por el que transita o evita hacerlo, pero es desalentador ver como una y otra vez, los canallas tienen su último refugio en la prescripción de los delitos, porque pareciera que en unas cosas hay más prisa que en otras o que en unas se acumulan medios que parecen negársele a otras.

Pleitos tengas y los ganes canta la vieja maldición en la seguridad que la negra la tendrás solo con estar en proceso pleiteando y no tanto en el resultado del mismo. El dicho anuncia la verdad cruda: que el infierno está en el juzgado.

Mientras, los canallas, los que en su brijanía domeñan los atajos y las dilaciones, se pasean los domingos camino de la iglesia esperando a que lo suyo prescriba.

Las formaciones políticas andan enredadas en los asuntos post autonómicos, lo que les da ocasión de seguir aparcando la negociación sobre una Ley anticorrupción tan necesaria como que sin ella no nos cree nadie. Ni en el Comité Olímpico Internacional ni en los pubs o los bistrots. Nadie se fía de nosotros porque ve como se nos escurren entre los dedos los peores malandros. Los juzgados acumulan legajos y los canallas esperan. ¡Perdón Miguel Ángel!

Los rostros se embozan en la cortina del tiempo que deja pasar siempre algo de luz. Octubre