Perdemos Egipto

La gente sabe lo que necesita aprender. Las cosas de la cotidianidad priorizan el conocimiento porque son imprescindibles para la vida y esta es más plena y más segura cuanto más se sabe, pero la gente, además, ansia conocer no solo lo funcional, lo que le permite sobrevivir sino lo trascendente, lo que le diferencia (al parecer) del resto de seres vivos que pueblan el planeta. Por eso, desde el principio, la preocupación del ser humano ha trascendido la existencia para bucear en los entresijos de lo que no se puede palpar ni ven nuestros ojos y siente nuestro corazón. Para la gente es importante contar con el bagaje suficiente para acceder a una vida de empleo, bienestar y desarrollo, pero así mismo, le es imprescindible conocer aquello que le permita entender mejor su sentido en la vida, el origen y el camino recorrido. No vamos a repasar en estas exiguas líneas los procesos por los que ha transitado el pensamiento trascendente, porque no es el propósito y porque no podríamos además con la capacidad de conocimiento del asunto, pero si es importante destacar las líneas por las que han recorrido los esfuerzos humanos por entenderse en el entorno y en la historia.

Una línea, quizá la más telúrica paradójicamente hablando ha consistido en el desarrollo del sentimiento religioso. El ser humano ante la inmensidad de lo que tiene por conocer, ha depositado a lo largo de su historia su propia existencia bajo el ala de la Fe en seres superiores que marcaran su destino, desnudándose con ello de la responsabilidad propia, incluso de su conducta. La historia de las religiones, apasionante por cierto, nos dibuja un mapa de creencias asociadas a su tiempo y que la perspectiva convierte en lógicas históricas confluyentes todas en el denominado creacionismo.

La otra línea ha sido la perseguida por la razón que desentrañando el pensamiento crítico ha luchado por encontrar la denominada razón humana. La lógica evolutiva que aclare nuestra razón de ser. El desarrollo de las corrientes intelectuales no solo ha discurrido por los caminos de la lógica, la filosofía o la sociología sino que incluso han incursionado en el pensamiento religioso. La gnosis, por ejemplo, preconizando la fe desde el conocimiento y otras corrientes religiosas críticas.

El ser humano ha vagado de una a otra línea en su enfervorizado devaneo sobre sí mismo y ha abrazado alternativa y simultáneamente una y otra tendencia a veces sin intención y otras como alternativa a los poderes establecidos y el escudo que una u otra le pudiera servir para continuar.

La cultura, no la cultura occidental, sino la Cultura con mayúscula se ha mirado en el espejo de la historia para, aprendiendo el pasado, comprender el presente y proyectar el futuro. De ahí la trascendencia del estudio de las civilizaciones precedentes. Y de todas ellas, la cultura egipcia es sin dudar la mayor de todas, por volumen y por trascendencia. En ella se entrelazan los avances científicos con las prácticas religiosas y como dicen algunos: “En Egipto está todo”.

Recuerdo que cuando planeaba mi primer viaje pregunté a un viejo amigo azkoitarra que había viajado muchísimo y me dijo: ¿Conoces Grecia y Roma? Bueno pues después de volver de Egipto, todo te parecerá chiquitito, chiquitito. Y así fue.

La deriva de guerra civil en el Nilo ha ahuyentado del país a todos aquellos turistas de todo el mundo para los que conocer la civilización egipcia, como a mí, era el comienzo de la comprensión de la historia. Y lo que parece que viene va de peor en peor. La ingobernabilidad, el militarismo y el imparable ascenso del islamismo radical nos convierte a todos los ciudadanos del mundo en enemigos declarados y objetivos marcados. Todo parece el regreso imparable a un mundo que parecía haberse superado no solo en la cultura occidental que, sin duda, debe ser la primera en entonar un serio mea culpa.

El mundo entero tuvo a Egipto perdido en el desconocimiento y los acontecimientos de su descubrimiento para la cultura moderna son absolutamente incalculables. No podremos entendernos sin ver Egipto. Y lo estamos perdiendo. Y como en todo, lo que se pierde es mucho y se pierde en un suspiro y recuperarlo luego es cada vez más una entelequia. Un futuro democrático en Egipto sin tutelas religiosas o castrenses es hoy por hoy una quimera y su pérdida una inmensa desgracia.

Los sueños sustentan cálculos que los amaneceres se encargan de borrar del archivo. Octubre