Gran hermano animal

La gente sabe y se queja, con razón de la manera en que la sociedad actual tan tecnologizada para lo que le interesa le vigila. La gente se siente observada por las cámaras del Gran Hermano Estado en todas partes. Uno, por ejemplo, se tienta las vestiduras antes de meterse el dedo en la nariz por mucho que lo desee aunque este solo en el ascensor. Sabe de sobra que habrá imágenes de su acción y lo peor no es eso, lo peor es que habrá quien termine poseyéndolas y publicándolas en las redes sociales haciéndole el hazmerreír del edificio. Con lo caro que se paga eso en el trabajo. No debería de ser tan fácil, pero lo es. Hay casos de sobra. Desde la famosa concejala de Los Yébenes y su sexo solitario dedicado a otras más recientes, aunque aquella duró lo que nos enteramos que se había puesto prótesis de silicona y que además se las había pagado su marido. No un amante agradecido.

Parece prácticamente imposible estar en algún lugar civilizado sin que alguna cámara esté grabándonos y siendo cierto que en algunos casos han resuelto para la Justicia asuntos de identificación que de otra manera hubieran sido irresolubles, como el de los terroristas del Maratón de Boston o aquellas de sucursal bancarias que llevaron a la detención del famoso atracador apodado el solitario. Es cierto que ahora mismo, están siendo analizadas imágenes que puedan dar más luz sobre el caso de la niña asesinada en A Coruña y así sucesivamente. Pero ni por esas. No somos capaces como hemos visto hacer a los futbolistas de taparnos la boca al hablar para que no se nos reconozcan los insultos. Da la sensación que el ser humano urbanita se ha acostumbrado de tal manera a ser observado, grabado y archivado en su cotidianidad que lo entiende como parte del premio y no se preocupa por ello. Acepta que es observado y punto.

De otra manera, la miniaturización de los dispositivos de captación de la imagen nos ha posibilitado meter las narices (audiovisuales) en lugares hasta hace poco impensables. El mítico Dr. Guillén operaba el otro día desde sus gafas Google para todo el mundo acercando a quienes estuvieran conectados por todo el mundo a las articulaciones que recompusiera en aquel momento. Hoy nos miran por dentro de una vena como el que lava y además nos dejan verlo para que sudemos.

En el contacto con los otros seres vivos que comparten el planeta con nosotros, este desarrollo ha ayudado enormemente a la investigación científica y por ello a conocer mejor las cuitas de los salvajes y las circunstancias de su vida y las acciones que podemos emprender para mejorar sus hábitats, preservar su número o facilitar su recuperación. Pero también, como siempre, nos ha llevado más lejos. Hemos invadido la vida animal más íntima y ellos no cuentan con juzgados de guardia para ponernos una denuncia por derecho al honor. Hace poco leía en una guía turística las siguientes palabras reproducidas literalmente: “En la península de Baja California (México) miles de ballenas se reúnen cada año entre marzo y abril. Un emocionado encuentro con los mayores habitantes del planeta”

Lo que la guía no decía era la razón por la cual se reúnen las citadas ballenas. Lo hacen para copular en paz. Pero es evidente que no lo consiguen porque en medio del cortejo ya cada vez que el lomo de una de ellas salga a la superficie embarcaciones especiales se intentarán acercar para que los turistas puedan intentar estar lo más cerca posible.

No sé cómo les sentará la intromisión en la cópula pero a tenor de la sensibilidad demostrada por esos cetáceos dudo que lo sientan con agrado. Me parece que estarán cabreadas y molestas con todos nosotros.

La intromisión audiovisual en la vida animal ha aclarado muchas incógnitas pero plantea muchas más dudas éticas y me cuesta creer que desde el mundo conservacionista no se hayan levantado más voces en contra.

Abogo por una campaña de sensibilización así de contundente y de sencillo. Y que nadie me llame hipócrita o sensiblero. Me pongo en su lugar y me aterro.

Todos los lenguajes encumbran la música del sentimiento aún sin palabras. Octubre