A corriente o a contracorriente

La gente sabe aunque no sepa. Me explico: hay muchas cosas que la gente sabe de manera poco consciente. Sabe cosas que ha aprendido sin darse cuenta, sin tener conciencia del proceso o de la trascendencia de lo adquirido o sencillamente de la oportunidad de hacerlo. Pero lo sabe. De vez en cuando se le requiere para ello, de pronto descubre que está preparada sin saberlo. De ahí que personas analfabetas tengan capacidad de ese conocimiento intuitivo suficiente para superar el saber enciclopédico, el aprehendido. Aquel que le ha sido ofrecido de forma consciente y constante. Al menos para que pueda desarrollar los fundamentos imprescindibles. Esa era la meta necesaria de la escuela rural. Y de ese proceso iniciático ha desarrollado la mayor parte de sus habilidades. Desde los rudimentos, pero con ellos adquiridos, ha sido capaz de profundizar y ensanchar en la disciplina elegida hasta alcanzar un grado de suficiencia para moverse con soltura al menos y con excelencia muchas de ellas. Pero lo que parece probado es que es necesario andar con las piernas en la corriente por lo menos. Es improbable que se puedan adquirir los rudimentos de nada que no se nos ofrezca desde el grupo que detenta los procesos, por eso, cuando uno tiene amigos canasteros, termina haciendo bien los cestos. Y hablando de cestos: hablamos de cultura. Los conocimientos culturales dependen directamente de aquello que habiéndose inventado ya no se puede desinventar como fórmula muy acertadamente el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga. Los comportamientos culturales dependen de las habilidades en lo mismo. Porque la actitud depende de la aptitud. La habilidad cultural depende directamente del nivel de conocimiento alcanzado, al menos para poder construir el criterio suficiente para desde él, desarrollar la actitud crítica. Y sin actitud crítica no se pueden superar los niveles alcanzados ni tener conciencia de la propia aptitud porque no se alcanza a compararse con los otros.

El común del ciudadano aspira a alcanzar el nivel de conocimientos preciso para desarrollar la habilidad social que le permita bandearse con solvencia en la competencia con los otros. Pero depende radicalmente de los otros, sobre todo de los suyos, de los que le han aceptado y sostenido en los procesos y desde los que ha terminado por proyectarse. El grupo, la tribu, la vanguardia, que le ha dado la conciencia de pertenencia, esa que le ha permitido ir abrigado por el mundo. Lo que sucede es que no deja de ser engordar para morir como dice el adagio. Porque la sola salida que tiene en el desarrollo del criterio sigue siendo el enfrentamiento con el grupo, la tribu, la vanguardia, que contrariamente lo que aspira no es a incrementar el conocimiento sino a consolidarlo, a hacerlo parte de la vida institucionalizada, mientras que el interés individual aspira siempre a un peldaño más, a un nuevo estadio de conocimiento que le permita cuestionar de manera continua lo sabido.

En ese equilibrio se debate el que piensa. En ese balanceo entre lo conveniente y sus réditos y aquello que la ambición de saber nos señala para reformular. Aquel que quiere seguir mejorando y sabe que para ello debe saber cuándo renunciar a la vida muelle acompañada por la vida solitaria y ardua del que no se conforma.

No quedan apenas opciones: A corriente o a contracorriente. Dentro o fuera. Conmigo o sólo. Y las opciones de valientes. Quedarse es conformar la conciencia colectiva y volverse contra la corriente se parece a un suicidio social suficiente como para encontrase desamparado ante la opinión general. Al margen. No suficientemente olvidado pero lo suficientemente estigmatizado. Se acepta mejor a quien se plega que a quien alza la voz que desde ese instante asistirá al espectáculo de la promoción cultural con la voz silenciada que sólo resuena en el pensamiento. Viendo pasar con la corriente el espejo que le hace alternativo. Con la voz rota.

Una simpleza se disfraza de agudeza y sueña que importa. Septiembre