Política sentimental

La gente sabe que los sentimientos mueven el mundo. Lo ha probado en su vida y sabe de qué forma los razonamientos se han venido abajo cuando los sentimientos afloran. La razón. Objetiva y cabal nos aconseja un comportamiento que está basado en la reflexión y la experiencia. Nos induce a comportarnos en función de lo más objetivo que podamos encontrar en nuestro interior, capaz de hacer que nos equivoquemos lo menos posible. Cuando proyecta el hombre una situación, en realidad está haciendo un cálculo probabilístico de lo que puede suceder y por ello, presiona su meninge para encontrar la mayor cantidad de posibilidades. No quiero recordar aquí la comedura de coco de mi primera cita trascendente porque me acercaría al chiste aquel del que se come el tarro de tal forma que cuando llega a la situación real, como saludo, suelta aquello de: ¡Sabes lo que te digo que te metas el…por el…! Obviamente superado por el cálculo de las peores probabilidades. Sin embargo, también sabemos que todo lo que podamos llevar preparado se puede venir abajo en cuanto una sonrisa nos atraviese de parte a parte. Al final, los sentimientos mueven más mundo que las razones. No digamos que las ideas.

El ser humano es un animal sentimental desde siempre, probablemente desde que descubrió que prefería mantener con vida a la abuela masticándole la comida que dejar que las fieras acechantes se la comieran y así propiciar que le dejaran un rato más en paz a él mismo. Por eso, los empeños que persiguen la objetivización de la vida humana a veces son salvados por un simple sentimiento, una sensación, un impulso irracional que en pocas ocasiones se emparenta con la lógica. Y si no que se lo pregunten a Newton. Pero el caso es que cuando el hombre se asocia con otros y desarrolla esa asociación para hacerla prosperar colocándola por encima de la individualidad porque piensa que de esa forma preserva mejor aquella, las ligaduras que debe imponer deben alejarse de los sentimientos si es que de verdad quiere que trasciendan al individuo. Los sociólogos sabemos que aquello del sentimiento colectivo puede tener de lo que se quiera de colectivo pero de verdad tiene poco de sentimiento que es un componente de la psique individual. Por eso, cuando la colectividad se une alrededor de un sentimiento hay que echarse a temblar porque puede salir con barba, o sea San Antón o la Purísima concepción.

Las claves de determinados componentes políticos de los nacionalismos, sobre todo, bastante fuera de contexto desde el XIX y ya bien entrado el XXI son sentimentales. Se sustentan en creencias que la propaganda política interesada se empeña en hacer ver como vigencias, instalaciones de opinión que el individuo mantiene en el tiempo invariablemente. Naturalmente lo que espera el nacionalismo es que esas creencias vengan de vuelta para que todo pueda volver a justificarse y así el bucle sigue valiendo.

Se está haciendo en los últimos tiempos una comparativa interesada entre el llamado caso escocés, y el caso catalán y a poco que se eche un vistazo, o sea una somera ojeada, lo que queda claro es de que bien distinta manera se manejan los comportamientos colectivos por la propaganda de los respectivos nacionalismos. Es verdad que el cliché falso, pero histórico los une en la cuestión de la pela. Porque mientras los escoceses se decantan mayoritariamente por el no los catalanes lo hacen por el sí. Los escoceses en los estudios de opinión sospechan (60%) que con la independencia perderán poder adquisitivo y sus bolsillos se resentirían. Por otro lado en Cataluña, donde tan bien se miran las cuentas gracias a Dios, no parecen tener ningún temor a ello, más bien al contrario. La cuestión identitaria parece estar por encima del pragmatismo secular del seny.

Un reciente estudio independiente echa un jarro de agua fría al bolsillo escocés, mientras que por estos lares, parece que estuviéramos dispuestos a pagar lo que fuera con tal de salirnos con la nuestra.

Echo en falta estudios serios que pragmaticen el ambiente sentimental entre la identidad catalana, que sabe muy bien como es y la española, que nadie sabe qué coño es. Puede que de nuevo, los datos, nos permitan incorporar alguna pizca de sentido común en el debate. Al margen de aspavientos, llantos y rasgaduras de vestiduras. Me parece que desde ambas partes (aunque insisto que lo que llamaríamos la parte española no la tengo tan clara), se debería hacer un esfuerzo por enfriar la sentimentalidad y darle una oportunidad mayor a los estudios independientes, no los interesados que son los únicos que se usan hasta ahora.

Un tumultuoso y abigarrado sentido obtiene el rédito buscado o perdido. Septiembre