Las ciudades azules

“No es una exageración decir que en los últimos 20 años el tejido social se ha resquebrajado. El hecho de vivir en campos ha desestructurado la vida de muchos. El alcoholismo y la violencia, especialmente la doméstica son habituales. Nos ocupamos solo de la punta de iceberg… en los campos las personas no viven, Sobreviven. Solo eso”

Amaia Esparza. MSF

La gente sabe después de la cita que este artículo no va a reflexionar sobre Júzcar, el pueblo de Málaga denominado el pueblo pitufo, sino de esas ciudades de tejados de plástico azul llamadas comúnmente Campos de Refugiados.

En el mundo entero hay más de 45 millones de seres humanos desplazados muchos de ellos sobreviviendo en campos de refugiados. El mayor es el de Dadaab en Kenia donde los huidos de la violencia somalí soportan el tiempo. Hay algunos de los más antiguos que se han perpetuado como el de Tinduf en Argelia donde el pueblo saharui espera tener su oportunidad o el de Jallozai en Pakistán creado por los desplazados por la invasión soviética de Afganistán en los años 80. Los afganos refugiados son 2,1 millones, los sudaneses 686.00, los somalíes, 400.00, etc. En Darfour son más de 2 millones y, con mucho, son los palestinos con 4,3 millones los campeones de los desplazados. Todos ellos seres humanos huidos de la violencia, la miseria, la injusticia, la opresión y el maltrato. Los sirios son ya más de un millón y los que caerán.

ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados en el mundo en colaboración con una multitud de ONG es quien pretende poner algo de cordura en ese río de la ignominia que es la ristra de personas desposeídas, hambrientas y temerosas que cruzan las fronteras abandonando sus hogares. Más o menos humildes pero hogares. Su trabajo u ocupación y sus posesiones por escasas que sean para echarse a andar con lo puesto y suplicar un lugar bajo el plástico en el que sentirse a salvo.

Las ciudades azules como se deduce entre otras cosas de la cita de la experta de Médicos sin Fronteras que encabeza estas palabras son lo menos parecido a ciudades seguras, pero con todo, están a salvo del origen de la huida. Son en general enormes conglomerados de lonas y plásticos organizados sobre la marcha y generalmente desbordadas las previsiones por la realidad. Ciudades improvisadas que significan el punto cero (0) del urbanismo, en las que se aprende a sobrevivir en la pugna por el agua o la comida y donde el ser humano pone a prueba su capacidad para soportar la ignominia y donde los peores secretos suyos salen a flote a precios bajísimos, apenas una cántara de agua o un paquete de compresas. No digamos una onza de chocolate. Un espacio donde los abusos y las violaciones son como siempre perpetradas por quienes tendrían que asegurar que no tuvieran lugar.

Las ciudades azules han sido consideradas por los mejores expertos del mundo civilizado pero en todos los casos apenas ha servido de poco. Quizá el último estudio del Norwegian Refugee Council, titulado Camp Management Toolkit sobre Sierra Leona puede apuntar algunas reflexiones que están siendo tenidas en cuenta en el sector. Pero los problemas suelen adelantarse en tiempo y medida a los informes iniciales, los estudios de emplazamiento, los plazos de diseño o los proyectos de estructura, seguridad, abastecimiento, equipamiento, jerarquías o educación o quizá el mayor de ellos: enterrar a los muertos. Para que vamos a hablar de energía, sostenibilidad o medio ambiente.

En las ciudades azules se juntan los seres humanos que más demandan con los seres humanos que más quieren dar y gracias a eso, a esa confluencia sideral de intenciones las cosas se sostienen. Los miles y miles de voluntarios de las organizaciones no gubernamentales que se ocupan de los refugiados son la auténtica panacea para los desplazados, porque estos, más que trigo, agua, cobijo o seguridad, precisan una mirada de consuelo y una mano ofrecida. Es cierto que periódicamente nos llega la noticia de los terribles abusos cometidos en los campos. Las violaciones impunes, el contrabando y estraperlo de víveres, los favores interesados y es verdad que los seres humanos que sobreviven en ellas se han quedado sin nada por encima de sus cabezas y por dentro de las mismas. Son gentes sin retorno. Seres solo de ida. Sin billete de vuelta y sin destino posible. Ciudades más fantasmales que si no existieran, porque no nos las enseñan, no sea que las veamos.

Los números quieren ser estadísticas por ser algo, pero ni así son rostros. Septiembre