Víctimas inutiles

La gente sabe que en toda la historia los objetivos se cuelgan del cinto los trofeos de vida y que en cualquier guerra que se haya apreciado, se calculan con precisión el número de víctimas que serán necesarias para alcanzar los objetivos. Las victimas necesarias lo son porque sin ellas no se podrían alcanzar los objetivos planificados. A veces son costes vitales asumidos y a veces son indeseados pero asumidos. Siempre que entre humanos se arman los conflictos se producen víctimas que ayudan a conseguir el objetivo final. Es más: las más de las veces son las víctimas el camino elegido para demostrar la capacidad destructiva del dolor y la capacidad que tiene este de socializarse. Bien lo sabían Filipo el Grande o su hijo Alejandro. Augusto o Trajano. Guzmán el Bueno, Moscardó o el propio Josu ternera.

Las cifras de las víctimas necesarias son siempre desveladas en las fases posteriores a los conflictos con lo que suelen quedarse en dígitos manchados de sangre pero que ya han perdido su conexión con el dolor que como sentimiento humano se va aflojando con el tiempo y a veces solo queda lo que los médicos llaman recuerdo de dolor ese reflejo inestable del que nos acordamos al recordar la situación.

Víctimas necesarias ha habido a lo largo de la historia y están documentadas de manera fehaciente. Casi todas ellas en las eras previas a la Industrial, son víctimas de guerra. Por una sola sencilla razón: Porque las armas usadas no eran masivas y matar uno a uno cuesta muchísimo esfuerzo y se corre un enorme riesgo a perecer en el encuentro. Otra cosa es desde que se empieza a poder matar a puñados. Pero en realidad la diferencia sustancial está entre las víctimas de la guerra y las víctimas de la revolución. Al menos porque en el primer caso la mayor parte de las víctimas lo son en el bando enemigo que en el caso de las guerras de fronteras además, eran gentes de otra calaña, mientras que en las víctimas del proceso revolucionario la mayor parte de ellas son compatriotas y muchos de ellos, además, civiles. El riesgo es que además, terminen siendo inútiles con lo que la asunción del dolor se convierte en una broma macabra.

Salen a la luz las cifras de las víctimas de las FARC: 200.000 muertos. 25.000 desaparecidos. 6.000 niños reclutados y 10.000 personas inválidas por minas personales. Sendero Luminoso hizo que 69.280 personas murieran o desaparecieran y aquí, en el solar patrio, ETA es responsable de la muerte de casi 1000 víctimas de las cuales 343 eran civiles.

Sin entrar en otras zarandajas, esas tres formaciones revolucionarias están en conversaciones más o menos públicas para abandonar la violencia e incorporarse a la sociedad como formaciones políticas de talante democrático. Todas ellas terminarán negociando con los estados a los que han combatido los términos de la entrega de armas y desmovilización de sus efectivos como ya paso con otras anteriores. Es decir: pactando los términos de la rendición. Todas ellas terminarán pidiendo perdón a sus víctimas. Algunos de los insignes gudaris los están haciendo a título individual desde hace tiempo y seguro que en los años venideros otros les seguirán la jugada, porque no tienen otra salida.

Quedarán entonces esas miles de víctimas marcadas además de por otras cuestiones por su condición de inútiles. No habrá servido de nada matar a tanta gente. Recuerdos colectivos como las bombas en los cuarteles de la Guardia Civil serán difíciles de asumir porque no sirvieron para nada. Tanto dolor inútil. Tanta sangre para terminar pactando permisos de fin de semana, como cualquier mortal.

Frente a la inutilidad de la muerte provocada, del herido inválido, del desplazamiento forzado, del dolor asumido, queda la vacuidad consecuente a su inutilidad. Al menos el hijo de Guzmán El Bueno reforzó la moral de las gentes de Tarifa. Se lucha por una causa, pero nunca se muere por ninguna. Nada tan inútil como la muerte inútil.

 

Bregan las voluntades y se destrozan entre ellos los motivos. Agosto