El príncipe federado

La gente sabe de algunas cosas más que de otras, porque las tiene más cerca o porque están de actualidad o simplemente porque le son más asequibles. Por ello le presta atención y dedicación diferente a unas que a otras.  A la vez sucede que hay cosas de las que la gente sabe lo que le cuentan los medios y poco más, cosas que no son de trato vulgar, que le quedan lejos y dan la sensación de estar remisas a compartir sus características así como así. Algunas de esas cosas son asuntos de trascendencia científica o literaria y lógicamente la gente las entiende fuera de ella y otras las ve lejanas simplemente porque no ha tenido oportunidad de acercarse a ellas y tiene tan solo la imagen deducida de las cosas que ha oído, que casi siempre suelen ser imágenes tópicas y desordenadas de las que es difícil deducir una opinión. Hay cosas de extranjeros, cosas de mujeres o de hombres, cosas de niños, o cosas de ricos. Estas últimas son de las que menos se sabe y lógicamente son de las que se tiene una imagen más distorsionada, más lejana a la realidad.

El premio Príncipe de Asturias de los Deportes de este año ha sido otorgado por el jurado al efecto de la Fundación al golfista José María Olazabal y a ese cuento viene este texto.

Cuando en los años sesenta empezó a deslumbrar en los torneos internacionales el Gran Manolo Santana, muy poca gente sabía gran cosa de ese deporte del tenis, salvo que lo jugaban los ricos que se ponían muy elegantes, muy british, con jerséis blancos y falditas a juego. Poca gente que no fuera de la aristocracia o la alta burguesía había accedido a una pista reglamentaria, sobre todo porque las pocas que había por entonces eran privadas o estaban en los grandes clubs privados del país. Apenas había pistas públicas. Pero eso cambió precisamente por el impulso de vulgarización que significó la apertura de nuevas y geniales generaciones de tenistas que tantos triunfos han conseguido para este país. Hoy, no creo que nadie piense en el tenis como un deporte de ricos. La cantidad de maravillosos jugadores de todas las clases así lo reafirman.

El golf, es hoy, aún considerado, un deporte de ricos, y es verdad que también y lo subrayo, lo sigue siendo. Ya antes del primer Príncipe de Asturias que fue el gran Severiano Ballesteros, una generación de auténticos pioneros de ese deporte nos habían puesto en el mapa del mundo, los grandes Cañizares, Sota, Piñero, etc. Etc. Eso sí, casi todos ellos al estilo de Manolo Santana que había comenzado de recogepelotas, ellos primero habían sido caddies y a fuerza de jugar de madrugada con palos prestados y llevando a casa las propinas se hicieron deportistas internacionales. Hoy sin embargo, la apuesta pública por el golf es general en toda España donde los campos se multiplican y cada vez más se construyen campos públicos, campos en los que cualquiera puede jugar aunque la Condesa de Romanones lo siga haciendo en su club.

Seguro que cuando le entrevisten los medios a José María Olazabal, euskaldun de Hondarribia, dirá que es un premio para el golf. Y será verdad. Atrás quedaron aquellos pioneros y hoy las escuelas públicas de golf rebosan de niños de todas las edades. Acérquense cualquier mañana por el Club La Cañada del Ayuntamiento de Pueblo Nuevo de Guadiaro en la costa gaditana donde sientan sus reales la familia de los Quirós. O tantos otros en los que los niños no necesitan ser hijos de familias principales ni ganarse el jornal cargando con la bolsa de ningún señorito.

Los campos de golf en España son una apuesta turística capital sobre todo para el turismo de invierno, cuando los campos de sur, fundamentalmente se llenan de europeos emigrados de la nieve y los fríos. Un deporte que se puede jugar desde la infancia hasta la vejez. Olazabal es un tipo sencillo que entre otras cosas ha ganado dos veces en Augusta y su última hazaña fue ganar la copa Davis al equipo americano en USA capitaneando un grupo de jugadores europeos que lloraron como niños. Como si no fueran ricos y famosos y se fundieron con Txema llenándolo de babas de felicidad. Me alegro por mi paisano, pero me alegro más por aquellos que se han dejado la vida en las escuelas o lo siguen haciendo como Manolo Piñero por ejemplo. Y desengañémonos: El golf no es un deporte de ricos. Si hasta yo lo juego.

El laurel oloroso reposa en la testa de la historia siempre desde el juego. Agosto