Hacia una Educación universitaria suicida

La gente sabe de qué manera depende su vida del conocimiento y por ello, a su manera, cada quisque se afana en ello durante toda su vida. Sea en aprender una nueva receta, un zurcido o una ecuación de la teoría de los juegos. Todos nosotros no dejamos de aprender en toda nuestra vida. Tenemos la idea falsaria de que cada ser humano tiene un periodo de aprendizaje y tras ello, la tarea consiste en buscar, encontrar y consolidar la inserción laboral. Esto, sin ser exacto, como decimos, no deja de ser una profunda verdad, por eso es en ese tramo en el que la sociedad civil vuelca sus esfuerzos públicos más relevantes. Aporta los medios y establece los sistemas.

Uno, que anda en las tareas docentes universitarias desde el curso 85/86 ha cubierto muchas batallas y ha salido ileso de bastantes guerras. Al menos las suficientes para poder atreverse a dar el cante en este asunto. Está claro que se pasó por todos los estados posibles en el desarrollo de una carrera docente y conjugando además las prioridades con las actividades profesionales que siempre nos parecieron la mejor garantía del quehacer docente. La persecución de la excelencia, le lleva a uno a irse centrando cada vez más en las tareas docentes e investigadoras y por ello, dedicándole más tiempo y recursos personales, y a esa dedicación le ha venido correspondiendo una etapa profesional. Se empezó de Profesor Asociado a tiempo parcial y se acaba ganado la oposición pública y entronizándose funcionarialmente. Parece un lógico tránsito y lo es, pero también tiene su envés. Los funcionarios. Catedráticos y Titulares si cumplimos con nuestra dedicación, nos vamos dedicando cada vez más a la investigación y ello, si además se nos van reconociendo los méritos investigadores en forma de sexenios, nos va quitando horas de clase, por lo que las tareas docentes cada vez más exigentes se van quedando en manos de profesores contratados que son quienes soportan de manera práctica esa tarea. Pero he aquí que llegan los recortes, esos que han restado a la universidad pública 1240 millones de euros desde 2008. A esa universidad pública a la que las Comunidades Autónomas deben más de 1000 millones de euros y cambian las tornas porque hay que recortar de donde se puede y de esta clase de funcionarios que nos hemos ganado la libertad de cátedra no se puede quitar nada. Por eso, el recorte del 8,8% realizado del que el 45% son profesores quita de donde puede, como hemos dicho pero también quita de donde no debe, porque en su mayoría se trata de profesores asociados que son los que más cerca acompañan a sus alumnos a la práctica profesional que siendo los más jóvenes, más cerca están en teoría del sentir de sus alumnos y son aquellos además, que aplican su tiempo a la docencia.

Uno de los convencionalismos más verosímiles que se manejan en esta época de crisis es que esta ha llegado cuando este país contaba con las mejores generaciones de jóvenes. Mejor formados que nunca y que gracias a ello, palian las cifras de paro emigrando al extranjero en busca de oportunidades. ¿Y porque contamos con esas generaciones? Pues porque en 2011, por ejemplo, manteníamos un ratio de 9 profesores por cada 100 alumnos. Dos más que en la UE. Entre otras cosas.

La universidad pública española, como el hombre acalorado, se quita lo que puede, pero después el sol le abrasa. Los empleos universitarios más precarios son imprescindibles siendo los más vulnerables. Ellos modernizan y rejuvenecen las cátedras aportando una visión liberada de intereses inconfesables de los que las más de las veces se argumentan entre los funcionarios. La tasa de reposición es de 1 de cada 10 jubilaciones y es obvio que cada profesor universitario en su dedicación docente e investigadora busca la consolidación de su puesto para garantizar su tarea y buscar el futuro, es lícito por tanto que esa dedicación conduzca de una u otra forma al funcionariado, pero eso, a la vez, nos limita inexorablemente.

La gente sabe que sin la existencia del taller, no solo los grandes genios de la pintura no podrían haber sacado su obra como lo hicieron. La renovación generacional es imprescindible para seguir estando en el pulso social. Y si la universidad pública pierde ese camino y se extravía por los vericuetos administrativos reduccionistas solo empobrecerá el futuro. Y la historia se lo demandará. Con nombres y apellidos.

 

Enseñar es aprender porque es alimento y provecho mutuo. Agosto