La esquizofrenia de la “ayuda exterior”

La gente sabe que su vida está llena de eufemismos y que todos ellos responden a una exquisita tendencia a mentir sin tener que afrontar las medidas que se puedan derivar del descubrimiento de la falacia o a ocultar los nombres de la verdad detrás de vocablos que los sugieran sin tener que nombrarlos, posiblemente por aquello del mal fario.

Muchas de las veces en las que el hombre se ha sentido acorralado, sin horizonte posible ni tiempo y fuerzas para buscarlo, recurre a la “ayuda exterior”, o sea: pide socorro. Es lógico, porque no es de los animales que se conforman ni mucho menos. Es más, si de algo tiene fama es de ser igual de implacable que de insaciable. Nada le detiene en su ambición ni ningún logro llena su bolsa, siempre cabe más.

La historia humana está llena de circunstancias relevantes donde la famosa definición está presente de manera definitiva, los sucedidos que se pueden leer en las maravillosa Historia de Roma de Kovaliov son innumerables y no hablemos de la famosa pelea entre Pedro I de Castilla, el justiciero (no el cruel) y su hermano bastardo Enrique cuando estando el primero encima del segundo, el malvado Duguesclín, brazo armado del bastardo, pronunciando aquella famosa frase de “Ni quito ni pongo Rey pero ayudo a mi señor” puso al rey Pedro debajo de Enrique para que este le apuñalara cómodamente.

Ya hasta ese momento, las diversas formas de “ayuda exterior” habían sido exploradas en esta piel de toro por los bandos cristianos y moros disputándose a los Rodrigo Díaz de Vivar de turno para que sirvieran de “ayuda exterior” contra los suyos y que hablar de las maniobras de los grandes capitanes de la conquista de América y sus alianzas contra natura para doblegar a los grandes caciques, que dicho sea de paso, tampoco eran mancos en el arte de comprar y recomprar fidelidades.

“Ayuda exterior” es un eufemismo para nombrar la intervención interesada de fuerzas exógenas en conflictos, que de otra manera toman derivas indeseadas. Nadie duda que sin la intervención de la Luftwaffe (Wehrmacht), la guerra civil española hubiera podido tener la posibilidad de tomar otros derroteros. Y así podríamos seguir sine die de un ejemplo a otro. La cuestión viene al caso por la esquizofrenia que la “ayuda exterior” está teniendo en los últimos tiempos en su relación con el islamismo radical, entendido así por Occidente. Las intervenciones para ayudarle a tomar el poder como en Afganistán contra la invasión soviética y la invasión del mismo país para derrocar el Régimen Talibán. La presencia de tropas francesas en África, especialmente en Malí, sirven igual para un roto que para un descosido, el caso es intervenir y aprovechar así que el Pisuerga pasa por Valladolid para dar salida a armamento amenazado de obsolescencia y probar alguno nuevo. Es lo mismo que se hacía (espero que sirva el tiempo verbal) con las probaturas de vacunas en los simios de los laboratorios. Si cascaban, no dejaban de ser monos. Parecidos al ser humano. Tan parecidos que ello les condenaba a vivir solo una vida de cobayas. Así pasó en Libia con la ayuda exterior para derrocar a Gadafi, así paso con Egipto para sacar de la poltrona a Mubarak y vuelve a pasar para sacar a los que ganaron las elecciones después.

Es posible, sin embargo, que sea en el tablero sirio donde se esté planteando en toda su crudeza la dicha esquizofrenia, que lleva a aliados a apoyar facciones enfrentadas. Los apoyos son por ciudades, por barrios incluso y ya sabemos lo que sucede cuando la violencia del hombre desborda las trincheras y entra en las casas: Se desborda igualmente y su crueldad al descender al ámbito familiar, personal, se refina, porque además de la sangre, huele el botín y la ambición del guerrero no se detiene en los objetivos militares.

Siria se está ensangrentando como hasta ahora ningún país de la región lo había hecho y el encaje de bolillos que las cancillerías diseñan en su bastidor vuelven a oler a lo de siempre: a muerte, a muerte de los de siempre, porque siempre mueren los mismos ya que todos son para la “ayuda exterior” unos y otros. Pero no se preocupen que esto no lo para nadie. La generosidad del vecino es inagotable. Las armas regaladas gratuizan la muerte que causan. Así, nadie paga.

¡Cómo le huele el aliento a la política exterior! ¡Cuánta iniquidad! Agosto