El error humano

La gente sabe que la historia de la manzana de Newton puede ser una invención mentirosa pero que tiene las mismas posibilidades de ser cierta que el color azul del cielo se deba a la acumulación de kilómetros de oxígeno. Da lo mismo. La invención humana se nutre de la misma cantidad de ambición que de osadía en el campo del conocimiento. Todo el mundo inventa algo. Son millones de seres humanos que experimentando han acertado en algo que se ha convertido en una ganancia universal de forma que su destino ha sido ser traspasada de una generación a otra mientras la tecnología no la ha desechado. Los seres humanos hemos dependido del acierto tanto como del conocimiento.

Al acierto humano se le ha concedido una trascendencia menor en la consideración social, en parte porque se le supone una carga de repentización como porque el tropiezo afortunado está acompañado de la suerte y eso es algo que el ser humano envidia más que nada. Admira al sabio pero envidia y detesta al suertudo al que la potra haya distinguido. Pocas veces se le considera el paso preciso y consecuente de la labor comenzada. El acierto sigue estando más cerca de lo inasible de la vida humana, más cerca de los Dioses que de los hombres. Como todas las cosas imprevisibles, se le considera una señal sideral más que la consecuencia de la pragmática emprendida y por eso se le disocia bastante de la conducta. Porque se cree que no se puede controlar, por mucha preparación de que se provea uno, al final, el momento en el que caerá la manzana seguirá siendo un momento mágico.

Por otro lado, la gente cree que si el acierto tiene mucho que ver con lo que está, digamos, deshumanizado, por provenir de la fortuna, es sin embargo, el objetivo último de la acción humana. Nos entrenamos en juegos y justas que nos entrenan en el reconocimiento del hecho objetivo, del acierto. Y es que la gente sabe que muchas de las cosas humanas penden más del hilo de la fortuna, de la casualidad que de la causalidad. Por ello, el antónimo del acierto, el error, si se le considera profundamente humano y suele ir acompañado como en el título de estas palabras, del apellido humano. De la forma contraria, al acierto, quien yerra, lo hace el y no se ve en ello intervención extra humana de ninguna clase. Es curiosa esta disociación que de las dos consideraciones se tiene y como la convención social se adueña de la apreciación y adjudica a una y a otra antitética distancia de lo humano y responsabiliza con ello de radical forma a uno y a otro.

La gente que en una u otra forma estamos ligados a la actividad investigadora, sabemos que uno y otro son el mismo y tan solo se puede salir del uno si se ha paseado por el otro. Es verdad que el error se repite con muchísima más frecuencia que el acierto y que incluso en la vida investigadora de muchos, llega la jubilación sin haber logrado salir del error y apenas le queda la esperanza de que otras sean capaces de heredar el camino recorrido para virtualizarlo en algún acierto futuro. Puede que, teniendo suerte, se haya ido transitando en la alternancia de error-acierto y que se haya sido capaz de poder valorar de la misma forma a uno y a otro. Ya se sabe que son los polos del mismo sentido.

En estos días asistimos a una de esas tragedias que conmueven la vida del más frío y la visión del accidente de ferrocarril de Santiago nos acerca de nuevo como en tantos casos parecidos a la sensación de que es menos probable un fallo en la tecnología que el consabido error humano. Siento terror de lo que pueda estar pasando por la mente del hombre que conducía ese convoy y en absoluto quisiera que se entendieran estas reflexiones como ningún apriorismo que no solo sería de una imprudencia supina sino que además sería de una injusticia injustificable. Tan solo, que las apariencias del asunto me han llevado de nuevo al terreno de las convenciones sociales y la forma en que el ser humano mide arteramente uno y otro concepto.

Si el error es humano, el acierto también y si la vida deambula entre uno y otro no deja de ser porque de la misma forma no se puede entender su falta sin su existencia.

La muerte no sustituye a la vida, pero todo se mira en ellas más allá. Julio