Los márgenes del abandono

La gente sabe cuántas cosas ha emprendido el hombre. Con tanto empeño y recursos, con tanto empecinamiento e interés. Y cuantas veces las ha abandonado dándolas por inútiles o improductivas. Todas las gentes de León hacen excursiones de fin de semana a contemplar las famosas Ménsulas. Esas formaciones geológicas que parecen caprichos inmensos de la madre naturaleza, hoy cubiertas de bosques que no fueron otra cosa que el inmenso planeta minero de los emprendedores romanos que removieron cielo y tierra en busca de los metales preciados, aquellos que además de hacerles más ricos y poderosos, sobre todo, les hacían mejorar en su I+D+I, sobre todo en la última I, aquella que enuncia el concepto de innovación tras los de investigación y desarrollo y que les aboca a ambos a verter su actividad en ella. Esos conceptos de aprovechamiento donde revierten los esfuerzos apostados en las letras anteriores como a caballo en la ruleta. Unidos y repartidos.

El ser humano es emprendedor por naturaleza, le empuja a ello su inexorable conciencia de inferioridad ante los demás animales y su necesidad de desarrollar su tecnología que le permite defenderse de ellos primero y dominarlos después. Quizá es ese invento en continuidad una de las características más humanas de todas y seguramente la que consolida esa imagen de aprovechado que el ser social siempre ha tenido.

El bípedo tecnológico ha buscado siempre la ventaja en su encuentro con el medio. Ha buscado denodadamente aquello que pudiera explotar. Convertir en beneficio propio. Ha desviado los ríos, ha taponado valles y horadado montañas, ha desecado lagos y convertido bosques en desiertos, siempre en la misma búsqueda, tras la misma meta: El beneficio. Y no ha reparado en medios. Dicen que las aplicaciones móviles de los artificios mineros de Roma le sirvieron para aplicarlos en el arte de la guerra, desarrollando máquinas más eficaces, novedosas y mortíferas.

Pero como el hombre es ventajista, en cuanto ha ido viendo que los esfuerzos se hacían más y más duros mientras que el beneficio se mantenía estático, ha ido abandonando sus empeños, dejando tras de sí un reguero de intervenciones en la naturaleza que han ido desolando regiones enteras. Y nos hemos ido acostumbrando a ellas. Hemos visitado sus ruinas como quien quisiera acercarse a las tropelías por el puro placer de verlas de cerca. A todos nos deja boquiabiertos las borriquerías y cuanto más desmedidas mejor. Hemos aceptado que si la relación esfuerzo-beneficio se deterioraba, las explotaciones fueran siendo abandonadas en pura lógica.

Y de pronto, empiezan a aparecer en la prensa las noticias de que determinadas explotaciones abandonadas y obsoletas pueden volver a abrirse y recomenzar su actividad de nuevo, como por ejemplo las famosas minas de Rio Tinto en la provincia de Huelva o en cualquier otra lugar. Las dudas nos cercan entonces y nos atavían de sospechosos habituales de buscar siempre el lado oscuro de las cosas, de ese descreimiento típico del crítico que sospecha siempre de todo. ¿Porque de pronto se abre de nuevo lo cerrado por inútil? ¿Han cambiado los márgenes del beneficio? ¿Las innovaciones tecnológicas han dado la vuelta a la ecuación permitiendo una mayor posibilidad del margen? ¿O será que donde antes el beneficio era lo suficientemente despreciable, hoy se mira con otros ojos más comprensivos?

Se nos sigue quedando la sospecha de que nadie renuncia a contar cuentos. Que las explicaciones de los guías se han hecho para satisfacer la curiosidad del visitante al pasado y que la condición es que este no salga del mismo. Que de por buena la explicación y él asunto por terminado.

Pero se queda flotando por dentro de la cabeza la sensación de que aceptando, como no podía ser de otra manera, que los márgenes del emprendimiento tienen que satisfacer los esfuerzos y hacer rendir el capital, estos son siempre tan relativos como la ventaja que dibujan y en cuanto esta deja de ser desmedida, se abandonan. Por eso en tiempos de escasez como estos, se vuelven a retomar. Aunque parece que si algo sabe hacer el hombre bien es desprenderse de lo que le estorba. Con el mínimo margen.

Los réditos del sudor se acaban en un mendrugo de pan, siempre esclavos. Julio