Elogio de la chulería

La gente sabe que hay cosas que cuesta encajar más que otras. Frases que nos dicen que a veces no sabemos cómo tomar, si en serio y enfadarnos o en broma y celebrarlo. Las gentes se dicen tantas cosas en contextos tan diferentes que nos acostumbramos a esperar las respuestas de manera adecuada, por eso cuando inadecuadamente nos topamos con lo inesperado, nos cuesta clasificarlo y así poder descifrarlo y clasificarlo.

La gente suele esperar que la comunicación con el otro se establezca en los mismos órdenes en los que se plantea, espera que si se habla en serio, sea en serio y si no se descoloca. Es verdad que a la vez, muchas veces espera que le sorprenda el otro y le haga mover los pies. Cuando alguien nos sorprende nos desata de la expectativa y nos lleva al terreno de lo desconocido que suele ser mucho más sugerente y fascinante.

Una de las cosas que a la gente le suele descolocar más es cuando se le contesta fuera de tono. Cuando no se respeta el establecido y se subvierte, de ahí aquella expresión de estar fuera de tono, es decir al margen de los cauces establecidos de los valores fijados y los esquemas contemplados. Pero sin embargo, cuando escuchamos un comentario que estando fuera del tono nos sorprende, solemos apreciarlo en la medida de lo que nos sorprende.

Por Chulería se suele entender una expresión descontextualizada e irrespetuosa. Una frase fuera de lugar cercana a lo ofensivo y despreciativa. Pero su sentido propio es otro. La Chulería viene de la expresión propia del Chulo, es decir, en la voz popular, del madrileño. Del Castizo. Del tipo ingenioso y agudo que daba nombre al nacido en Madrid. Aquel tipo que marchándose de la Villa y Corte decía aquello genial de: “Adiós Madrid, que te quedas sin gente”. Por chulería ha llegado a entenderse una malversación lingüística e intencionada mal encarada y debemos reivindicar lo contrario.

El ejemplo lo leí el otro día. En le época de la posguerra civil, española con la hambruna señoreando la capital, una mañana, apareció la estatua del Dios Neptuno con un cartel colgado que decía: “Dadme de comer o quitarme el tenedor”. Genial chulería que era capaz de reírse de tantas cosa a la vez que parece tarea imposible enunciarlas aquí, pero que contiene en si misma toda la mejor tradición del ingenio madrileño que parece cosa de Chotis pero que enlaza con una tradición ya popular en el mundo Helénico del engrandecimiento del gracejo. La expresión feliz.

Andamos estos tiempos por terrenos míseros de ingenio porque las cosas propias son poco graciosas no estamos para bromas. No queda mucho espacio para lo que no sea la preocupación, la queja y el temor, pero siempre queda a la vuelta de la esquina aquel que saliéndose del tono, extemporáneamente es capaz de sacarnos de la temblona y hacernos sonreír. Hay gente que tiene esa capacidad maravillosa de seguir pensando en alegrarle la vida al prójimo y mientras hace chistes con lo más nacional de su amargura como decía el poeta, no sólo no deja de reírse de sí mismo poniéndose al frente del chascarrillo sino que se ocupa de aportarnos una ingeniosa frase que nos salva el día.

La gente se dispone a soportar el futuro aún antes de que muestre sus fauces gracias a los augures del desastre. Mientras la poca leche se agria, la sal de los días se reparte el botín de lo inesperado. ¡Viva la chulería!

Que nadie se asuste. Nada se olvida. Se traspapela. Mayo