¡Qué caro es morirse!

La gente sabe lo que hay mientras le dura el coco. Si el magín funciona, uno se entera. Lo malo es cuando empieza a patinar y uno pasa de ser activo a dependiente. La vejez es una visión dura según transcurre la vida. Siempre, es verdad, queda la sensación de ir cumpliendo años, lo que nos ayuda a afrontar las desventajas que conlleva, las miserias, grandes y pequeñas, pero no deja de ser una sensación de irse vaciando que produce escalofríos. Por eso, las cosas de la edad se van viendo con cada vez más interés y preocupación. Por eso y por las preguntas, dudas y angustias que esta época de enorme incertidumbre nos trae, y por los síntomas reduccionistas en las prestaciones sociales que en nombre del salvamento bancario se argumentan primero y justifican después.

Hay asuntos de la vida humana que cuesta ponerlos sobre la mesa, pero sin duda, ninguno como el del tránsito. No creo que haya asistido a alguna muerte prematura que no haya cogido en pelotas a los familiares. De pronto, los papeles del seguro, de los trámites de cementerio o cremación etc. Son cumbres que deben subirse desde la cota cero.

Recuerdo con auténtico candor que cuando era pequeño venía de vez en cuando por casa, el cobrador del entierro. Mi madre, pagaba una cantidad pequeña pero periódica para el seguro de entierro. No logro recordar el nombre de la compañía de seguros especializada pero estaba acorde con el objeto empresarial, puede que fuera El Ocaso. De cualquier manera, la presencia de esa realidad que sobrevendría se materializaba con periodicidad y por lo tanto tenía un espacio en la vida familiar. Se hablaba de ello, se comentaba si el recibo subía o bajaba, etc. Tenía presencia. Siempre me fascinó que aquello se tuviera en cuenta de aquella manera y siempre pensé que era algo propio de una mentalidad antigua. Y por antigua me refiero a una mentalidad más acostumbrada a la muerte, más cerca de los desastres, más atenta a soportar y compartir un mayor número de desgracias familiares relacionadas con la enfermedad, la escasez o directamente los tiempos del pre desarrollo. Pero no, o mejor dicho, sí, pero no sólo. Mi madre iba de aquella manera invirtiendo en pequeñas cantidades un gasto que de sobrevenir de pronto crearía un problema económico de muy difícil solución. Un gasto enorme.

En estos días se celebra en Valencia, creo, una feria de cultura mortuoria. Ataúdes, ceremonias y objetos varios al respecto. De allí me ha llegado una cifra escalofriante: Morirse cuesta alrededor de 3000 euros. Con algunas diferencias en las formas de hacer desaparecer al difunto y sin ningún lujo o capricho. Y me escandaliza pensar que pasa cuando las personas que se mueren no tienen familiares que puedan ocuparse de ese gasto. Ya sé que existen fórmulas públicas que lo cubren pero son si cabe, más ignominiosas aún.

Me parece que si la Seguridad Social se ocupa de mantener la salud de los contribuyentes, también debería ocuparse de estos cuando aquella de paso a la enfermedad y la muerte. Así de claro. Porque morirse a lo particular es carísimo y aunque sabemos que tras aquello, todo da igual. Todas las culturas que en el mundo han sido, han dado gran importancia al tránsito entre la vida y la muerte. En ese siniestro balancín binario que es la existencia humana acotada entre nacimiento y muerte, no dejamos de estar de alguna manera en los dos lados a la vez. Yes terrible constatar que también ahí ha habido siempre ricos y pobres.

Los párpados titubean incrédulos sabiéndose condenados a cerrarse. Mayo