El regalo

La gente sabe que hay que corresponder. Sólo los niños en su inocencia y su egoísmo creen que se pueden recibir regalos sin dar nada a cambio. Dar es de lo más difícil que el ser humano intenta. Dar por las buenas, porque sí, porque nos da la real gana. No se trata de generosidad que es otra cosa más compleja y a veces más a cubierto de las vicisitudes del alma humana. La esplendidez es un ejercicio que sólo atañe a quien tiene mientras que uno puede ser generoso con muchas más cosas, actitudes, atenciones, etc. Regala quien tiene para ello y muy pocas veces, pienso, se hace sin que haya alguna deuda por pagar o sin esperar nada a cambio. Muchas veces regalamos cuando ya hemos sido regalados y de hecho el ejercicio más usado es el del intercambio de regalos. Está claro que nadie mide el suyo para obtener una codificación que le permita valorar el que recibe, pero el intercambio es la medida en sí de la generosidad que es mutua. Porque es difícil regalar algo sin que medie una situación en la que quien hace el regalo y quien lo recibe estén inmersos a tal nivel que se produzca esa intención de regalar.

Por otro lado, el regalo siempre está asociado a un acontecimiento, por pequeño, íntimo o secreto que sea. Se regala en fechas señalas para ello o en acontecimientos especiales. Se hacen incluso, como en las bodas, listas de regalos y a veces incluso se acota el regalo a una específica condición, por ejemplo monetaria aunque como hizo mi amigo Armando Béjar cuando cumplió los cincuenta, nos pidió un esfuerzo económico y nos dio la cuenta de la ONG a la que pretendía regalar a su vez los regalos de sus amigos. En el fondo, él sólo regalo eso, amigos. Es verdad sin embargo, que se puede recibir un regalo porque sí, mi mujer suele hacerlo, por sorpresa, como supongo lo hacen tantas personas en el mundo, uno mismo, de pronto ve un objeto que supone o sabe es pretendido por quien ama y lo adquiere para regalárselo, pero siempre son los conocidos como detalles, es decir, regalos menores, de limitada cuantía, por eso cuando uno recibe la intención de recibir un regalo desproporcionado se siente desasosegado, abrumado e inquieto, Hace años, en una feria de naturaleza en Castellón, un preboste de la cerámica me ofreció regalarme un trofeo extraordinario al que naturalmente me negué, simplemente, porque no contaba con medios para corresponder y así se lo hice saber. Pero insistió e insistió en que viajara para obtenerlo y naturalmente, como la carne es como es, cedí y me fui de nuevo a las tierras altas de la provincia a por el trofeo, que obtuve, pero que nunca me fue entregado. También aquello, como sospechaba, tenía truco.

Sabemos que a las cuentas corrientes de los partidos políticos llegan regalos, no detalles, no relojes, o trajes, sino verdaderos regalos, superiores en el caso Bárcenas como sabemos, que debían ser troceados para que no llamaran la atención. Regalos de empresarios que como es su obligación discuten los céntimos que deben pagar en horas extraordinarias o cualquiera otra cosa de la fuerza del trabajo de sus empleados, pero que de pronto en su espléndida generosidad llevaban en maletines, supongo, auténticas fortunas. Cientos de miles de euros que detraían de sus cuentas públicas a la Agencia Tributaria, es decir, a todos y que depositaban en las fauces de los contables de la mafia política. ¿A cambio de qué? ¿Cómo correspondería el PP a los regalazos de Villar Mir, Del Rivero o tantos otros? No se adivinan noviazgos, bodas, comuniones o cenas de Navidad.

Cuando el ciudadano invitado, que es lo que cada vez más parecemos que somos lee la prensa, se entera que los jueces van a preguntar a los empresarios porqué regalan su dinero tan gentilmente y si con ello además de transgredir la ley han sido convenientemente correspondidos y con qué. ¿Alguien alberga alguna duda?

Purga la limosna su medida antigua y escarba en la mirada tullida del agua llana. Mayo