Con el agua al cuello

La gente sabe que pocas veces la literalidad se parece a lo real y auténtico. La mayor parte de las veces, el individuo exagera cuando se expresa con frases hechas y por eso cuando alguien a nuestro lado dice aquello de: ¡Estoy muerto! No corremos en demanda de un médico o mejor dicho de un cura, y aún mejor, un sepulturero, sino que seguramente sin levantar la vista de lo que estemos haciendo, le recomendaremos un analgésico y que se vaya a la cama. Salvo que sea un periodista o escritor. En ese caso le reiteraremos que un escribidor de ley no debe recurrir a las frases hechas, manidas, que huelen. Pero el caso es que casi todos nos empeñamos en usar un manojo de palabras, frases, o ideas, que van con nuestro carácter, con nuestra personalidad o con el momento de nuestra vida y las soltamos en cuanto tenemos oportunidad. Además. Si uno es leído, resultará que casi todo lo que escriba le sonará a alguien, seguramente con razón y nos romperemos la cabeza (otra mas) intentando descubrir de que intertextual la hemos sacado. Por otro lado, las frases hechas son muy socorridas, nos sacan del atolladero del enorme ascensor del rascacielos en que viajamos solo con otra persona o con la sentada al lado en la espera de la consulta médica y no digamos cuando la pensamos para decírsela a la que estamos deseosos de abordar.

A veces, sin embargo, el paisano de turno solo tiene que hilar un par de sucedidos y ya tiene el titular del artículo. Efectivamente. Si miramos las portadas de los periódicos españoles, veremos que en ellas se alude al exceso de agua por todas partes, los daños ocasionados y las pérdidas sufridas. En muchas partes están literalmente con el agua al cuello y en muchas otras no lo están porque han sido evacuados. Campos inundados donde el cereal se pudre, ríos desbordados anegando pueblos y Casas Reales pidiendo también un flotador.

Hace mucho tiempo que la sociedad española está en su mayoría con el agua al cuello y otra parte que puede rondar la tercera, está hace mucho bajo el agua, con una caña respirando como puede, que es mal. El ambiente político está desestibando peso y arrojándolo por la borda a ver si así puede mantener el rumbo ya que se ha quedado prácticamente sin aparejo y hace mucho, mucho, mucho, que se le rompió el timón y los que siguen embarcados, lo hacen en barco ajeno o están llevando una caña que solo es eso, la caña. Son demasiadas sensaciones de que los pecadores siguen sin pagar y los justos no lo hacemos porque nos hemos quedado canis como dicen los cabales. Pocas cosas se van quedando de pie y los sociólogos hace mucho también que hemos advertido de las consecuencias de la desvalorización de la sociedad (volvemos a aquella frase tremenda y temeraria del gato blanco o negro, pero que cace ratones en la que todos se referían al mismo criterio perverso). Por eso, la imputación de la Infanta Dª Cristina en el proceso en que está inmerso su marido, entre otros, tiene dos caras. Una, que la sociedad puede entender que puede que la Justicia de este país, a lo mejor va a terminar por serlo y que nadie está impune por mucha fuerza que se haga para dejarla al margen y otra que se plantea un meneo de la silla de una Institución hasta ahora a salvo de casi todo, con sus orígenes modernos hundidos en el lodo del pavor que tuvieron los primeros gobiernos de la transición a preguntar a los españoles por la forma de Estado que preferían. Sin aquel Referéndum, nada está asentado incuestionablemente. Pensar hoy en día en que una monarquía aunque sea parlamentaria puede estar al margen de los tribunales y de la crítica popular es, o una ensoñación ignorante, o una perversidad mantenida. Le otorgue La Constitución el papel que le otorgue. Y si mi apuran: Peor.

Hay un miedo que vela un millón de muertos por si se mueve. Abril