Del clientelismo

La gente sabe que las aguas denotan las lluvias y que las consecuencias de ellas se ven con rapidez porque el agua siempre busca la salida de manera fulgurante e inexorable. Por eso, cuando le quieren bailar el agua con componendas y pretenden hacerle comulgar con ruedas de molino, acude a su dilatadísima experiencia colectiva, a su verdadera memoria histórica, repasa su archivo social y no traga. El poder suele quedar con la boca abierta porque no se sabe por qué siempre se sorprende de que el vulgo se le suba a la chepa y no trague. La soberbia del que manda le impele a pensar que dado que siempre cruzan los semáforos cuando se ponen verde y el muñequito parece andar, lo harán siempre. Por eso cuando los arrancan de cuajo, se espanta.

La gente sabe por qué se dice eso de que el cliente siempre tiene razón. Y sabe que no es un dicho que pueda referirse a los servicios, sabe que esa condición coloca a quien la asume en un lugar preminente. En disposición de forzar apoyos, colocar amiguetes o conseguir favores inconfesables. El cliente manda porque tiene lo que el otro quiere y porque el otro espera que se conduzca de la manera conveniente. El cliente, por ello, tiende a sacar tajada del asunto y si es posible rebajar el precio del artículo que pretende comprar y para ello, no es necesario que se encuentre entrando por la plaza Jamaa el Efna a la Medina de Marrakech, ni en un mercado agrícola del Gobi. Basta que sea quien puede comprar lo que el otro quiere vender.

El clientelismo es una vieja costumbre de uso inveterado desde que tenemos noticia del ser humano, desde los albores de la historia y desde entonces parce haber cambiado bien poco. Si leemos a Platón hablando de Sócrates lo veremos casi en su primera revelación aunque no es necesario irse tan lejos. La novedad si es que podemos denominarla así, sería que sigue vigente y pujante en este mundo tan aparentemente transparente como es la sociedad actual. Porque se supone que esa cualidad de transparencia viene acompañando a la sociedad de la comunicación. Nada que no sea comunicado puede ser visto. Las redes sociales están llenas de anuncios personales, íntimos o lo que sea y en ellas se puede llegar a acercarse uno hasta tal distancia íntima del objeto encontrado que a veces más parece una demostración de una suerte de macroobjetivo. Pues nada. A pesar de ello, algunas cosas conservan su vocación de alcantarilla y a ella huelen en cuanto salen a la luz, por muchos lazos y esencias de flores que les quieran echar.

En este país, aún heredero de sociedades que han funcionado a base de reglas no escritas y muchas de ellas expertas en tremedales y pantanales, funciona de manera extraordinaria el clientelismo. Esa deformación de la detención del poder aunque sea momentáneo. Se ve en cualquier parte que asomemos la nariz si es que quisiéramos jugárnosla. Desde el ámbito personal, familiar, profesional o social, el clientelismo sigue siendo una pauta a seguir preferencial porque, siendo como es una relación encriptada, donde lo que se dice no significa lo que el otro oye, mientras que lo que se calla está lleno de sabor y saber. Interpretativo, pero jugoso, permite que el juego de intereses se mantenga formalmente en orden mientras que por debajo del mantel, las manos se entrelacen onerosamente.

Esta sociedad española de hoy sigue dependiendo del clientelismo como acción primaria para obtener ventaja, porque sabe que su poder radica en la reciprocidad relativa puesto que lo que se intercambia no tiene nunca el mismo valor si se da que si se recibe. Los jueces se enfrascan en su desentrañamiento visceralmente, como sigue siendo la Justicia aquí, igual de clientelista, pero no lo consiguen. Se precisaría una capacidad pulmonar para bucear tan hondo que no habría pulmones suficientes ni aunque consiguiéramos unir los de todos. De momento: Nada que hacer.

Hay veces que ni el corazón encuentra razones, por eso sueña. Marzo