La desmaterialización y la cerca del corralito

La gente sabe que en esta modernidad que vivimos, los conceptos se han vuelto necesariamente más volátiles de lo que ya eran y su anclaje a la realidad se ha deteriorado o para ser más precisos, se han aflojado. Las cosas, es verdad, puede que terminen pareciéndose pero a veces se parecen a cualquier otra de la que nos vendieron, inculcaron, aprendimos o imitamos. Más que nunca en la historia, el cristal con que se miran es más determinante. Antes, daba la sensación que el entorno y sus características lograban dotar de matices a los hechos convirtiéndoles así en especies del mismo género, pero las circunstancias no llegaban a simular los contrarios. Las cosas eran como eran y podían verse como se quisieran o pudieran ver pero no dejaban de ser ellas mismas. Eso, tenía que ver con una realidad material que rodeaba la existencia social. Todo podía tocarse, olerse, comerse, verse u oírse, salvo las cosas de Dios y las que el hombre argumentaba en su favor o en su contra. Pocas cosas eran o seguían siendo tan volátiles e invisibles. Pero la existencia se fue desmaterializando poco a poco a lomos de la tecnología. Cada vez más cosas dejaron de verse sin dejar de ser ciertas. La experiencia del individuo empezó a tener cada vez menos responsabilidad en su conducta que su conocimiento adquirido por transmisión. El conocimiento comunicado, la auténtica revolución del lenguaje, su almacenamiento y capacidad difusora nos abrieron a mundos ignotos, reales, de los que llegaríamos a saber detalles profusos sin haberlos pisado nunca.

La tecnología es responsable de la conversión material en una civilización que se despoja. Pero es posible que una de las mayores conversiones haya sido el sistema bancario y las tarjetas de crédito. Cobramos la nómina por banco porque este nos lo asegura reflejando su ingreso en nuestras cifras de la cuenta corriente y nos avisa de que nos hemos quedado sin dinero en ella cuando devuelve el recibo de la luz. Raramente salvo en las pequeñas cantidades de uso cotidiano alcanzamos a manosear esos papelillos que son moneda y que vamos de a poco llevando mansamente al banco para entregarlos en ventanilla a cambio de un apunte en la cartilla. Así vamos ahorrando. Juntando lo que hemos sido capaces de prescindir, a veces con un esfuerzo titánico de quitarnos cosas necesarias. Sabemos lo que tenemos porque a veces miramos la cartilla y vemos la cifra y con ese gesto sabemos que lo tenemos y que está seguro, que nadie nos lo puede quitar. Incluso, puede que veamos como aumenta muy poco a poco, es verdad, pero aumenta. El Banco nos premia con un porcentaje por interés.

Y de pronto, alguien en Alemania o entre París, Londres y Berlín, deciden que parte de nuestro dinero debe servir de plumero de quitar las telarañas producidas por la incompetencia o la corrupción política, y nos dicen que ya no tenemos lo que teníamos sino menos y además que no vayamos a buscar ese menos, porque el banco no lo tiene. Nosotros pensábamos que lo tenía guardado pero se lo ha prestado a quien no debía y ha volado. Los depósitos bancarios están vacíos. La clave del sistema económico se basa en la confianza bancaria y sin ahorro no hay crédito y sin esta gasolina imprescindible, tampoco actividad económica y por ende, posibilidad de progreso. Al paisano, se le queda la cara a cuadros cuando le avisan que le quitarán su dinero y vuelve su mirada al colchón o a la baldosa. La ironía final es que se lo cambiarán por más papeles que prometen que se lo podrían devolver, firmados por aquellos que se lo quieren quitar. Da la sensación cada vez más afianzada que los del dinero de la UE son igual de chapuzas que los del Sur. O más. No se sabe si saltan la cerca del corralito en uno u otro sentido. Pero cabras al fin.

El sol se estrena limpiado por las nubes como gomas de borrar. Y es primavera. Marzo