La desafección política

La gente sabe que el panorama de la participación ciudadana en las cuestiones políticas se quedó dormida en la Puerta del Sol junto al Oso y al Madroño y aún no ha habido quien pudiera despertarla. Cual Cenicienta asamblearia duerme el sueño de los ingenuos bajo la ventana de Ana Botella y el celo de los municipales que hacen que los disfrazados de personajes de Disney que esperan la voluntad por una foto se quiten la careta de vez en cuando, no sea que bajo la piel de la Pantera Rosa aparezca un indignado, aunque también saben que nos hemos quedado huérfanos. No. La gente sabe que lo tiene crudo para asomarse al quehacer de los que los representan, que celosamente esconden sus cartas. Al menos hasta las próximas elecciones. Las que sean. Por eso, la gente acepta contestar de buen grado a la multitud de encuestas de opinión a las que se le somete. Saben que la gran mayoría de ellas serán bien tratadas y aunque no tienen muy claro para que servimos los sociólogos (alguno me ha pedido opinión sobre la eyaculación precoz) saben que somos de Ciencias. Sociales, pero ciencias. O sea que sabemos multiplicar y que tenemos alguna idea de por donde debemos mirar para investigar lo que pasa. Por ello, si auscultamos la espalda de los números de cualquier encuesta nos encontraremos con revelaciones que a veces no es que se oculten, sino que simplemente no se ponen de relieve.

En el último sondeo de Metroscopia publicado por el diario de mayor tirada del país hace unos días, se ven algunos datos escalofriantes y tremendamente reveladores. Por ejemplo: Ninguno de los cuatro líderes de los cuatro grandes partidos logra aprobar y alguno suspende con una valoración negativa del 87% quiere decir que 87 individuos de cada 100 preguntados piensa que es un manta. Ningún ministro del Gobierno de la Nación aprueba tampoco. Todos los políticos de la cúpula del PP que se han manifestado sobre el caso Bárcenas, son juzgados desacertados. Y más: los votantes del propio Partido Popular creen que el ex tesorero está chantajeando al Partido en un 81%, o sea que a los dirigentes no les creen ni los suyos. Los ciudadanos tampoco creen en la Justicia, faltaría más. El escalofriante 88% cree que la lentitud de la Justicia se debe a las facilidades que tienen los imputados para establecer recursos y el 84% cree además que se debe a las presiones de los partidos políticos y los grupos de interés. Todos ellos son porcentajes tan contundentes consolidados en el NO que da miedo, porque si la gente no cree en sus representantes, ¿Qué puede pasar?

La gente vuelve la cara cuando le anuncian grandes cambios con la aprobación de nuevas y definitivas leyes, como la llamada Ley de Transparencia. ¿Y por qué no se ilusiona en ello pensando en una vía de solución? Pues porque la gente es sabia y sospecha que las leyes cambien las conciencias. El problema, sabe, no está en la existencia de la Ley sino en la conducta social desviada, conflictiva socialmente que está detrás de la necesidad de promulgar la norma. La gente sabe que la cosa no está en los códices legislativos, ni en los tribunales, ni en las comisiones, ni en los comités. La gente sabe que el asunto es de conciencia, que muchos políticos medran en su oficio no por el bien común, no por el servicio público al que se ven vocacionalmente impelidos, sino porque por sus cloacas circulan los privilegios y los billetes alocadamente en busca de la rata precisa y no solo es fácil enriquecerse sino que además es impune.

Promúlguese la Ley, pero no creamos que con ella veremos mejor en las tinieblas. Este pueblucho global anuncia cambios de gran trascendencia mientras todo sigue igual.

Los Justos procesionan por la ilusión detrás de la luz cegadora del misterio. Marzo