¿Quién cree en la patria?

La gente sabe que las preguntas siempre plantean otras. A veces, es verdad, también provocan respuestas y de hecho aparentan casi siempre buscarlo, pero las más de las veces nos encontramos en que la disyuntiva solo se soluciona volviendo a preguntarlo. Puede que se sepa la respuesta, que se intuya un inverso de contenidos mostrarles por los cuales se pueda fundamentar una solución a la propuesta y puede que la pregunta sea como pueda ser la que será tea en el título de atas palabras, un simple brindis al sol, una manera de comenzar a reflexionar a vuela pluma como dice el dicho, es decir apresuradamente, sin dilación, a corazón abierto, una ojeada interesada en discernir entre los que los demás pensamos que creen y lo que nosotros hemos descreído.

En los últimos decenios, al menos en España, la palabra Patria se escucha poco y al que la pronuncia nos parece entreverle un cierto rubor ingenuista. Patria es un término tan contundente y definitivo que en estos tiempos de descreimiento general, parece que vaya a contra estilo, como los toros a los que no son capaces de pegarle un capotazo aunque fuera fuera de cacho y pa fuera. Si uno repasa, por ejemplo, un diario de sesiones cualquiera del parlamento español de los últimos dos siglos, me atrevería a asegurar que no seríamos capaces de encontrar una sola página de los mismos en los que no apareciera al menos una vez la palabra Patria. S nos atuviéramos a los del sistema parlamentario español de la Democracia, nos costaría rebuscar en algún sitio la palabra sagrada.

Por Patria entendieron los hombres muy distintas acepciones en la historia aunque bien es cierto que su uso más extendido viene desde la concepción del Estado Nacional en el siglo XIX, quizá por eso en los labios en los que mejor se puede leer la palabra es en los de los nacionalistas. Eso sí, refriendo se según muchos a una parte de la supuesta Patria. Lo que en términos verbeneros se denominaba castizamente la Patria Chica, el terruño, vamos.

La Política ha dejado de ser la praxis de la ideología, porque está ya no se encuentra y es difícil poner en práctica lo inaplicable. Hace mucho que los políticos se han acomodado a la pragmática para poder aspirar a representar a los ciudadanos. Esta ley de oferta desmesurada ha tenido el mismo efecto que las listas de éxitos en verano: de tanto poner el éxito, este termina por serlo. Puede que las ideas estorben porque delimitan el concepto de la acción y la remiten a sus supuestos fundamentos sociales y como hoy en día estamos definitivamente acostumbrados a no pedir cuentas por las promesas electorales incumplidas y no sobra sitio en nuestro imaginario político, dejan de ocupar sitio.

La Patria se ha reconvertido en un concepto más doméstico, más domeñado menos significativo menos dramático y trascendental excepto, para los políticos nacionalistas que desempolvan el término para aplicarlo a otra escala más homogénea donde los ciudadanos se reconozcan entre sí con mayor facilidad. Cuestiones como la lengua o las tradiciones locales adquieren un valor simbólico del que han carecido en la historia porque ya no se piensa en ella como vehículo de intercambio con los otros sino como vínculo entre los propios. Por ello, la lengua pasa de ser un instrumento de conocimiento a ser un símbolo de reconocimiento. Un sello de calidad, una certificación regional. Y sobre todo en el eje desde el cual gravitan las conductas justificativas más ombliguistas. De esa manera, parece que darle credibilidad a esa dimensión patriótica no es otra cosa que un descreimiento en su acepción más amplia y generosa. Porque no parece posible contemplar una Patria dentro de otra Patria. Y a estas alturas, nadie se cree nada que no imane de la iniciativa social y no de los grandes párrafos constitucionales. Salvo que se pretenda que nos volvamos de nuevo a jugar la vida por nada.

No quedan himnos, sólo prólogos de partidos de fútbol. Febrero